La Copa Dorada
La Copa Dorada Maggie solamente había querido acercarse, acercarse a algo que no podía, que no quería definir ni siquiera a solas consigo misma, y el grado del acercamiento conseguido resultaba incalculable en cuanto a avance. Actualmente multiplicaba los disimulos y las distracciones, fueran cuales fueren los efectos que se produjeran en ella, pero no conseguía evitar volver a vivir, en cualquier instante que quisiera —sí, ella podía determinar estos instantes a voluntad, fijarlos en el tiempo deseado—, la novedad de la relación a que dio lugar el proporcionar a su marido la primera sorpresa con la que le había obsequiado. Poco había sido, pero se había debido íntegramente a Maggie; la escena entera estaba allí como un gran cuadro colgado en la pared de su cotidiano vivir, con el que ésta podía hacer lo que quisiera.