La Copa Dorada

La Copa Dorada

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El recuerdo era una sucesión de momentos que todavía podían contemplarse, casi de la misma manera que se recuerdan los diferentes hechos llevados a cabo en una obra representada en un escenario, una escena representada de tal manera que causa gran impresión a quien se halla en uno de los palcos. Algunos de estos momentos destacaban sobre los demás; éstos eran los que mayormente sentía Maggie, los que podía contar como las firmes perlas de un collar, y pertenecían de manera principal al período que precedió a la cena, cena que aquella noche había sido muy tarde, pasadas las nueve, debido a la demora con que llegó Americo. Eran partes de la experiencia vivida por Maggie —aunque esta experiencia estaba compuesta de muchas otras— entre las cuales su sensibilidad podía seguir efectuando matizadas discriminaciones. Debemos decir que, ante las escenas subsiguientes, la llama del recuerdo se convirtió en un resplandor que los igualaba a todos, como la lámpara de una capilla lateral cargada de incienso. De todas maneras el gran momento del consciente revivir en la memoria era, sin la menor duda, el primero: el extraño y medido silencio que Maggie había estimado en aquellos instantes, totalmente ajeno a sus propias intenciones —¿durante cuánto tiempo?, ¿es que nunca llegaría a poder determinar cuánto duró?—, pero que no podía romper aunque lo quisiera. Maggie se encontraba en la sala más pequeña, aquella en la que siempre solía aposentarse; al regresar a su casa para quedarse en ella, había decidido premeditadamente vestirse para la cena. Maravillaba pensar en las muchas cosas que había calculado con respecto a este pequeño incidente, y éste era asunto cuya importancia sólo podía calibrarse de forma aproximada. Americo llegaría tarde, muy tarde; y ésta era la única certidumbre con que podía contar. También cabía la posibilidad de que considerase mejor quedarse allí, incluso después de saber que ella se había ido, si Americo iba en compañía de Charlotte directamente a Eaton Square. Maggie no le había dejado recado alguno, en previsión de tal posibilidad. Esto representaba otro matiz en su decisión, aun cuando su efecto quizá consistiera en retrasar todavía más la llegada de Americo. Quizá él supusiera que su esposa había cenado ya o que se quedara en Eaton Square por lo mucho que tenía que contar, con el solo fin de ser amable con el padre de Maggie. En este aspecto, Maggie había visto a Americo llegar, en su amabilidad, a puntos más extremos que el referido, y más de una vez y a este mismo fin había llegado a la oportunidad de vestirse para la cena.


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