La Copa Dorada

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Maggie siguió hablando, siguió y se sintió arrastrada a hacerlo. Tenía la impresión de ser como una actriz que ha estudiado y ensayado su papel, pero que en escena, ante las candilejas, comienza de repente a improvisar, a decir frases que no están en el texto de la obra. Era precisamente la impresión que el escenario y las candilejas le causaban lo que la mantenía en vilo, lo que la hacía elevarse más; lo era también la sensación de actuación que toda plataforma lógicamente comporta, actuación que en su caso era la primera de su vida, o mejor dicho, si contamos la de la noche anterior, la segunda. Durante tres o cuatro días, esta plataforma siguió estando perceptiblemente bajo los pies de Maggie, quien en todo momento gozó de la inspiración para improvisar en forma harto notable y heroica. La preparación y la práctica no habían sido totalmente suficientes, por lo que el papel de Maggie, al ampliarse más y más, la obligaba a inventarse de un momento a otro lo que debía decir y lo que debía hacer. En su arte, Maggie sólo disponía de una norma: no rebasar sus propios límites y no perder la cabeza. Al cabo de una semana podría ver ciertamente a qué punto había llegado. En su excitación se decía que lo que se proponía era sencillísimo. Se trataba de imponer un cambio, golpe a golpe, sin permitir que ninguno de los tres, y menos su padre, llegara a sospechar siquiera la existencia de la mano que efectuaba el cambio. Si entraban en sospechas, preguntarían cuál era la razón de aquel intento de cambio, y la humillante verdad era que Maggie no tenía razón alguna que ofrecer, es decir, no tenía una razón que pudiera calificar de razonable. Instintivamente, estimaba con nobleza que durante toda su vida, al lado de su padre, y siguiendo su ejemplo, sólo había esgrimido motivos razonables, y le avergonzaría en grado sumo esgrimir ante su propio padre motivos que fueran inferiores sustituciones de aquellos otras. Mientras no se hallara en situación de alegar claramente que sentía celos, no se hallaría en situación de alegar honestamente que se sentía insatisfecha. Esta condición sería necesaria concomitancia de la primera, y sin el apoyo de ésta la otra se derrumbaría forzosamente. Por fortuna, así había quedado planteado el juego para Maggie. Podía esgrimir una carta, sólo una, y esgrimir la que implicaba dar fin al juego. Tenía la impresión de ser la pareja de su padre en aquel juego y de estar sentada a la mesita rectangular de verde tapete, entre los altos candelabros de plata vieja y las bien ordenadas fichas. Maggie recordaba constantemente que formular una pregunta, suscitar una duda, comentar de cualquier forma la manera de jugar los otros jugadores significaría romper el hechizo. Sí, hechizo tenía que llamarlo, pues hechizo era lo que mantenía a su compañero tan constantemente ocupado, tan perpetuamente saciado, tan satisfecho en todo. En el caso de Maggie, decir algo equivalía a tener que decir que sentía celos. En las horas en que estaba sola, contemplaba con mirada vaga, largamente, semejante imposibilidad.


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