La Copa Dorada
La Copa Dorada Al término de la semana, de aquella semana que había comenzado tan de mañana en Eaton Square entre su padre y Charlotte, la sensación que Maggie tenía de ser maravillosamente tratada había llegado a tener más fuerza que cualquier otra. Y debo añadir, además, que se descubrió a sí misma en trance de preguntarse qué otra sensación podía ser más avasalladora que la que sentía. Maggie sabía muy bien que la reacción de Charlotte a la prueba de estar más en su compañía debía dar al experimento la marca del triunfo; si el triunfo causaba la impresión de ser una ganancia inferior a su imagen originaria, precisamente por ello entrañaba cierta analogía con el regusto que en nuestra joven amiga dejaron las manifestaciones provocadas en Americo. En realidad, Maggie conservó más de un regusto, y si antes he hablado de las impresiones que recibió cuando de tan insidiosa forma bajó a la palestra, clara nota debo dar de lo que percibió durante aquellos momentos de la inmediata incertidumbre de Charlotte. Maggie había dado muestras, sin la menor duda, ya que no podía dejar de darla, de que había llegado animada por una idea, exactamente igual que la noche anterior había esperado a su marido, animada por un sentimiento. Esta analogía entre las dos situaciones mantendría en su mente el recuerdo del parecido existente en las expresiones de los dos rostros, de cuyos extremos lo único que Maggie podía dar por seguro era que había producido los mismos efectos en los dos o, mejor dicho, en la sensibilidad de cada uno, tan maravillosamente cubierta. El mero hecho de efectuar esta comparación significaba para Maggie recordarla una y otra vez, meditar acerca de ella, extraer las últimas gotas de significado; en resumen, jugar con ella nerviosa, vaga e incesantemente, como hubiera podido jugar con un medallón con sendos retratos en una y otra cara que llevara suspendido del cuello mediante una cadenilla de oro de tan firme delicadeza que no hubiera esfuerzo que pudiera romperla. Los retratos en miniatura se hallaban espalda contra espalda, pero Maggie los veía siempre de frente, y cuando pasaba la vista del uno al otro, veía en los ojos de Charlotte el destello momentáneo: «¿Qué desea Maggie, en realidad?», que había aparecido y desaparecido ante ella en los ojos del Príncipe. Y también veía la otra luz, la luz que se transformó en un resplandor, tanto en Portland Place como en Eaton Square, tan pronto reveló que no quería causar daño, es decir, que no quería causar a Charlotte daño mayor que el de hacerle comprender que deseaba salir con ella. Maggie había estado presente en este proceso de una forma tan personal como hubiera podido estar presente en cualquier acto doméstico, como el de colgar un nuevo cuadro o probar al Principino sus primeros pantalones.