La Copa Dorada
La Copa Dorada De esta manera Maggie siguió presente durante toda la semana, ya que la señora Verver le dio sistemáticamente y encantadoramente la bienvenida. Charlotte parecía haber esperado aquella insinuación por parte de Maggie. ¿Y qué fue, a fin de cuentas, sino una insinuación la que vio en el curso de la tranquila pero imborrable conversación en el comedor del desayuno, que Charlotte aceptaba? Y además, no la había aceptado con resignación o con matices de reserva, por amables que fueran; la había aceptado con avidez, con gratitud, con una graciosa gentileza que sustituía las explicaciones. La generosidad de este acuerdo hubiera podido hacer parecer muy bien que se daba cuenta de la situación, como si la Princesa hubiera quedado calificada de mujer mudable y, en consecuencia, sometida únicamente a las normas de un tacto que aceptaba estos caprichos como ley. En realidad, el capricho dominante consistía en que la llegada de una de las dos señoras a un sitio, fuera el que fuese, era el infalible anuncio de la llegada de la otra hasta que el acuerdo dejara de estar vigente. En ricos colores quedó expresado en la esplendente faz de este período que la señora Verver únicamente deseaba saber, en todas las ocasiones, qué se deseaba de ella, y estaba siempre dispuesta a recibir instrucciones, a fin de mejorarlas si ello era posible. Nuestras dos jóvenes amigas volvieron a ser, mientras duró este período, las compañeras que fueron en otros tiempos, las compañeras de los tiempos de las prolongadas visitas de Charlotte a Maggie, la amiga colmada de riquezas que tanto la admiraba, las compañeras de los tiempos en que la igualdad de condiciones era, para las dos, resultado de la innata ignorancia de Maggie, en lo tocante a sus ventajas. Los elementos anteriores volvieron a cobrar vida; volvieron a cobrar vida la frecuencia, la intimidad, el énfasis de las expresiones concomitantes, la apreciación, el cariño, la confianza, el insólito encanto que a cada una de las dos producía esta activa contribución a la felicidad de la otra, todo ello mejorado —mejorado o matizado, ¿quién sabe?— por una nueva nota de diplomacia, casi de ansiedad, de intensidad en la observación, que se advertía levemente en el caso de Charlotte, en la cuestión de llamada y respuesta, en la cuestión de hacer lo posible para que la Princesa quedara libre de preocupaciones y satisfecha, que parecía un intento de volver a jugar con más refinamiento a la disparidad de la relación. En pocas palabras, el comportamiento de Charlotte tenía momentos en que florecía en excesos de amable cortesía, en actos de paso a segundo término en presencia de otra gente, en súbitos formalismos de menor importancia encaminados a sugerir y a reconocer, que bien hubieran podido ser fruto de su sentido del deber de «no perder de vista» las diferencias y distinciones sociales. Maggie se daba cuenta de esto con más claridad en los momentos en que quedaba a solas con ella y en los que la inveterada costumbre de su amiga de no pasar jamás antes que ella por una puerta, de no sentarse jamás si ella no estaba sentada, de no hablar hasta el momento en que parecía concederle licencia, de no olvidar, dejándose llevar por un exceso de familiaridad, que Maggie era mujer dotada de sensibilidad además de ser importante, producía el efecto de arrojar sobre sus relaciones una especie de argentino tejido de decoro. Se extendía sobre sus cabezas como un protocolario dosel, como el recuerdo de que, a pesar de que la dama de compañía tenía el carácter de favorita reconocida que estaba segura en su posición, era como una pequeña reina y era perfectamente capaz de recordarlo, con la más leve advertencia.