La Copa Dorada

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Otra de las realidades que eran anejas a este éxito febril consistía en la creencia de que en otro terreno las cosas quedaban también facilitadas. La presteza de Charlotte en complacer a Maggie había tenido, en cierto sentido y quizá de manera levemente excesiva, el carácter de una intervención, y había comenzado a reabsorber a Maggie en el preciso momento en que el marido de ésta le daba muestras de que para estar íntegramente presente, valga la expresión, sólo necesitaba que le insinuasen claramente que así se deseaba. Maggie le había oído hablar de esa «clara insinuación» en los momentos en que Americo se divertía examinando los giros y los modismos de la lengua inglesa, en las notables exhibiciones de su capacidad de asimilación, capacidad digna de más altos empeños y mejores causas. El Príncipe, en el momento oportuno, había aceptado las insinuaciones de Maggie de una manera que, en los primeros momentos del resplandor del alivio, había inducido a Charlotte a creer que el breve intervalo que había aguardado había sido en realidad prolongado. Sin embargo, inmediatamente después, se produjo un reajuste superficial de las relaciones en el que Maggie quedaba una vez más un poco sacrificada. Ésta se había dicho: «Debo hacerlo todo sin que papá vea lo que hago, por lo menos hasta el momento en que ya lo haya hecho». Pero ignoraba, y siguió ignorándolo durante los días siguientes, qué iba a hacer con el fin de desorientar o cegar a aquel partícipe de su vivir. Lo que en realidad no tardó en ocurrir, como tuvo que reconocer, fue que, si bien es cierto que su madrastra había tomado posesión de ella noblemente y que por tanto la había arrancado virtualmente del lado de su marido, tampoco cabía negar, por otra parte, que ello había comportado tras un breve período momentos encantadores de estancia en la casa de Eaton Square. Cuando Maggie iba a casa de su padre y de Charlotte, después de cualquier feliz demostración efectuada ante la sociedad en la que al parecer vivían de que no había razón alguna que abonara el que su íntima amistad no fuera pública y merecedora de aplauso, casi siempre se encontraba con que Americo o había acudido para conversar con su suegro antes de la llegada de las dos señoras, o hacía unas demostraciones junto a su suegro de la fácil armonía que reinaba en la vida familiar, equivalentes en su significado a las salidas que Maggie hacía en compañía de Charlotte. Esta concreta impresión era la causa de que en el interior de Maggie todo se fundiera y quedara reducido a trizas, es decir, todo lo que tendía a poner en entredicho la perfección del común vivir de los cuatro. Cierto es que este particular cariz de la situación los dividía de nuevo, los volvía a separar en parejas y grupos, exactamente como si el sentido del equilibrio fuese lo que tuviera más capacidad de persistencia entre ellos, exactamente como si el propio Americo también pensara y vigilara dicho equilibrio sin cesar. Pero, en compensación, Americo conseguía que el padre de Maggie no echara en falta a ésta, y difícilmente hubiera podido rendir mejor servicio a todos ellos. Dicho en pocas palabras: Americo actuaba siguiendo una consigna, consigna de la que se había enterado mediante la observación.


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