La Copa Dorada
La Copa Dorada Al Príncipe le había bastado con percibir un matiz de cambio en el comportamiento de Maggie. Y su instinto, en lo tocante a las relaciones entre seres humanos, instinto que era el más exquisito que quepa concebir, le indujo inmediatamente a adaptarse y a tomar en sus manos el timón del cambio. Maggie volvía a darse cuenta de lo que significaba estar casada con un hombre que era un caballero en grado sublime, por lo que, a pesar de no desear verter todas la delicadezas de su relación con Americo en la vulgaridad de una conversación, una y otra vez se hallaba a sí misma en Portland Place en trance de decir: «Si no te amara por ti mismo, ¿sabes?, te amaría por él». Después de decir Maggie frases como ésta, el Príncipe la miraba de la misma manera que la miraba Charlotte en Eaton Square cuando Maggie le recordaba la bondad del Príncipe, a través de la niebla de una casi pensativa sonrisa que estimaba que la prodigalidad de Maggie, pese a ser inofensiva, era una característica que debía tenerse en cuenta. Sometida a esta presión, Charlotte quizá se hallara al borde de decir: «Mi querida Maggie, es que la gente buena es así siempre, por lo que no debes sorprenderte. Todos nosotros somos buenos, ¿por qué no vamos a serlo? Si no lo hubiéramos sido no habríamos llegado tan lejos, porque estimo que hemos llegado muy lejos realmente. ¿Por qué has de portarte como si tú no fueras un perfecto encanto, capaz del más dulce comportamiento? Como si en realidad no hubieras crecido en ese ambiente, ese ambiente formado por tanta bondad que yo tuve ocasión de advertir, incluso en los viejos tiempos, tan pronto te traté de cerca, y que ahora me habéis permitido entre todos hacer mío». La señora Verver bien habría podido hacer otra aseveración encantadoramente natural en ella, como esposa agradecida e irreprochable. «También podría recordarte cuán maravilloso es que a tu marido, siempre que tiene oportunidad para ello, nada le parece mejor que estar en compañía del mío. Sé lo mucho que vale mi marido, querida, y comprendo perfectamente que su trato merece ser cultivado, y que su compañía es un placer.» Observaciones tan felizmente provocadas en Charlotte como las consignadas habían estado en el aire pero, tal como hemos visto, también estaba en el aire para nuestras jóvenes amigas, a modo de emanación surgida del mismo origen, una destilada diferencia cuyo esencial principio imponía reprimir las objeciones y las contradicciones. Esta impresión siempre reaparecía en determinados momentos, hasta el punto de parecer que tenía sus horas fijas de hacerlo. Y quizá ello nos interese por cuanto provocó en Maggie una última reflexión, una reflexión por la que apareció ante ella una luz, como una gran flor que se hubiera abierto en el curso de una noche. Tan pronto como esta luz se hubo extendido un poco, iluminó con sorprendente claridad ciertas zonas e indujo a Maggie a preguntarse bruscamente por qué hubo cierta oscuridad allí aunque sólo fuera durante tres días. Decididamente, la perfección de su éxito era como una extraña playa a la que silenciosamente había sido remolcada, y en la que, sobresaltada, se echó a temblar ante la idea de que el buque que la había llevado hubiérase hecho de nuevo a la mar, dejándola allí sola. La palabra para expresarlo, la palabra que había encendido la luz era tratamiento, le estaban haciendo objeto de un tratamiento; procedían ante ella y también ante su padre, de acuerdo con un plan que era la justa réplica al suyo propio. Y no seguían la consigna dada por ella —y esto era lo que ponía alerta a Maggie—, sino que seguían la consigna que se daban el uno al otro, y lo hacían como de común acuerdo, con una exacta coincidencia de ideas de forma que, cuando Maggie comenzó a fijar su atención en ello, le pareció tener ante ella la consigna de los dos como recordándole igualdad en el comportamiento, la expresión y el tono. Tenían una misma visión de la situación de Maggie, así como de los posibles juicios que de esta situación pudiera ella adoptar; una visión determinada por el cambio de actitud que los dos, siempre muy sutilmente, tuvieron que notar por fuerza en ella cuando regresaron de Matcham. En este pequeño, pero en modo alguno disimulado cambio, tuvieron que ver un mudo comentario, aun cuando ignoraban sobre qué. Arqueándose sobre la cabeza de la Princesa como una bóveda audaz, estaba ahora el convencimiento de que difícilmente la comunicación entre los dos a este respecto pudo dejar de ser inmediata.