La Copa Dorada
La Copa Dorada Como hemos dicho, la nueva percepción estaba erizada para Maggie de extrañas sugerencias, al mismo tiempo que nacían y se extinguían interrogantes sin respuesta, como, por ejemplo, por qué motivo semejante prontitud en la armonía tenía que ser importante. Cuando Maggie comenzaba a reconstruir todo lo ocurrido, parte por parte, el proceso adquiría viveza, de manera que parecía que ella se hubiera entregado a recoger menudos y destellantes diamantes en el polvo barrido en su ordenada casa. En este empeño siguió inclinada sobre el cubo que contenía lo barrido, buscando incluso hasta en los últimos restos de su inocente interés. Fue entonces cuando la desechada imagen de Americo, parado en la puerta del salottino, mientras le miraban los ojos de Maggie, sentada en la silla ante la puerta, fue entonces, decíamos, cuando este pequeño e inmenso recuerdo ejerció todo su poder. Y ya que de puertas tratamos, diremos que Maggie advirtió después que había cerrado la puerta. Tal como hemos visto, Maggie la cerró conscientemente, quedando dentro ella sola, animada por su sensibilidad, en compañía del pensamiento sobre la reaparición de su esposo y de la plenitud de su presencia. A fin de cuentas, el testimonio prestado por esta realidad superó todos los demás en aquellos momentos, incluso mientras Maggie miraba, ya que la cálida y líquida oleada se había adentrado gran trecho en la playa. Luego, Maggie había vivido durante no sabía cuántas horas bajo un vertiginoso y ardiente encanto, realmente en submarinas profundidades, en donde todo le llegaba a través de muros de esmeralda y de madreperla, aunque sacó la cabeza a la superficie para respirar cuando volvió a ver a Charlotte, cara a cara, a la mañana siguiente en Eaton Square. Entre tanto, como era evidente, la anterior impresión, la primera impresión había quedado en ella fija, como el criado que espía al otro lado de la puerta cerrada, como un testigo dispuesto en el momento oportuno a ampararse en el más leve pretexto para volver a entrar. Y parecía que este testigo hubiera encontrado tal pretexto en la necesidad que tenía Maggie de comparar, de comparar los evidentes elementos comunes en la forma en que su marido y su madrastra la «trataban» ahora. De todas maneras, con o sin este testigo, la comparación la condujo a notar la intensidad de las ansiosas intenciones que operaban, y que tan armoniosamente operaban, entre su marido y su madrastra. En la medianoche de estas comparaciones percibió la promesa del alba.