La Copa Dorada

La Copa Dorada

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Se trataba de un premeditado plan de los dos para no herirla a ella, un plan que les permitía comportarse con gran nobleza, un plan al que por algún medio convincente cada uno de ellos había inducido al otro a operar; en consecuencia, esto demostraba que Maggie había sido objeto de detenido estudio. Después de haber percibido la nota de alarma, rápida, ansiosa y preocupadamente, antes de que sin saberlo pudieran herirla, los dos se comunicaron mediante señales de una casa a la otra la inteligente idea, la idea de la que se había beneficiado durante estos días, la idea de la propia Maggie. Los dos, animados por un mismo propósito, habían cobijado a la Princesa bajo su armazón, y a esto se debía el que sobre su cabeza se arqueara ahora una pesada bóveda. Y allí estaba ahora aposentada en la sólida cámara de su impotencia, como inmersa en un baño de benevolencia arteramente preparado para ella, del que apenas podía sacar la cabeza estirando el cuello para mirar. Nada había que objetar a los baños de benevolencia, sin embargo, salvo cuando uno es un enfermo de determinada clase; a un excéntrico nervioso o a un niño abandonado no se suele sumergirlos en baño alguno a no ser que lo pidan. Y Maggie no lo había pedido. Había agitado sus débiles alas como queriendo expresar su deseo de volar, y no para pedir una jaula todavía más dorada o más terrones de azúcar. A fin de cuentas, Maggie no se había quejado ni siquiera con una sílaba. Por lo tanto, ¿cuál era la herida que había mostrado temor de que le infligieran? ¿Qué herida había recibido realmente que motivara que no intercambiara una palabra con ellos? Si Maggie hubiera gemido o hecho pucheros, hubieran tenido un motivo. Pero así la ahorcaran —Maggie empleaba expresiones fuertes cuando conversaba consigo misma—, su comportamiento no sería absolutamente dulce y aquiescente desde el principio al final. En consecuencia todo tenía que deberse, a fin de cuentas, al procedimiento de los otros dos, que operaban con toda claridad con precaución en la política a seguir. La habían metido en el baño y la necesidad de ser consecuentes consigo mismos —de ser consecuentes el uno con el otro— exigía que la mantuvieran allí.


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