La Copa Dorada
La Copa Dorada Hallándose en esta situación, Maggie no podÃa inmiscuirse en la polÃtica de los dos, que era una polÃtica acordada y establecida. Sus pensamientos referentes a este tema llegaron a adquirir gran intensidad. Es cierto que el pensamiento de Maggie tenÃa sus altibajos, pero esto sólo servÃa para que diera después un mayor paso al frente. Conoció a fondo aquel asunto cuando llegó a la conclusión de que su marido y la aliada de su marido estaban directamente interesados en privarla de libertad de movimientos. PolÃtica o no polÃtica, los dos eran quienes se habÃan organizado. Y era preciso mantener a Maggie en una situación que no le permitiera desorganizarlos. Todo encajaba maravillosamente tan pronto como Maggie pudo atribuir a los otros dos un motivo. A pesar de que, a esta alturas, a ella misma le habÃa comenzado a parecer extraño que, hasta el momento, no hubiera podido imaginar que los dos estuvieran animados por un ideal tan diferente al suyo propio. Desde luego, estaban organizados, los cuatro estaban organizados; sin embargo, ¿cuál habÃa sido la base de su vivir, sino la de estar todos organizados? SÃ, Americo y Charlotte se habÃan organizado conjuntamente, pero ella, Maggie, estaba organizada aparte. El pleno sentido de todo lo anterior acudió velozmente a su pensamiento de una manera muy diferente a la de aquella que la arrastró diez dÃas atrás. Y como sea que su padre no parecÃa apercibirse de la mano vagamente crispada con la que ella habÃa intentado apoyarse al recibir la primera y fuerte impresión, ahora se sentÃa muy sola.