La Copa Dorada

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Capítulo XXVII

Había un proyecto ya antiguo —nacido aproximadamente en las anteriores Navidades— según el cual padre e hija tenían que «hacer algo» divertido los dos juntos; los dos ya lo habían hablado en diversas ocasiones, lo habían alimentado y lo habían puesto en pie, teóricamente, aunque sin permitirse en verdad poner los pies en el suelo. Lo sumo que habían hecho sobre este proyecto fue dar unos cuantos pasos sobre la alfombra de la sala de estar, con gran vigilancia por parte de los dos, sosteniéndolo y protegiéndolo con grandes prevenciones para evitar accidentes y frustraciones. Americo y Charlotte habían asistido siempre a estos ensayos siguiendo el experimento con simpatía y alegría, y jamás aplaudieron con más entusiasmo, como Maggie ahora advirtió, que cuando el proyecto, en pañales todavía, pataleó más alocadamente, pataleó ante todos, pasando el Canal y cruzando medio Continente, pasando luego los Pirineos y, por fin, pronunciando con toda inocencia, casi en un vagido, un sonoro nombre español. En la actualidad, Maggie se preguntaba si realmente su padre y ella creían que deseaban, a fin de correr esta aventura, arrancar unos momentos para sí mismos, o si cualquiera de los dos, en un momento determinado, había considerado que el proyecto significaba realmente la posibilidad no sólo de exhibirlo como un juguete a los otros dos, sino también de irse los dos juntos, sin marido y sin mujer, para echar otra ojeada, «antes de morir», a los cuadros de Madrid, y demorarse un poco más para prestar atención a tres o cuatro posibles adquisiciones, confidencialmente ofrecidas, de rarezas primorosas de las que había tenido noticia fidedigna, que habían sido profusamente fotografiadas, y aún esperaban pacientemente su sigilosa llegada a recónditos lugares de cuya situación no se había dado la clave. Esta visión con la que habían jugueteado durante los más crepusculares días en Eaton Square se había proyectado a dedicar un período de tres o cuatro semanas de primavera a la aventura, tres o cuatro semanas vividas de acuerdo con el espíritu que animaba su vida regularizada, en la medida que esta vida regularizada persistía, pletórica de compartidas mañanas, tardes y noches, de compartidos paseos a pie y en coche, de visitas para «ver» en antiguos lugares, animados por vagas ilusiones, una vida pletórica de manera principal de aquella comprada libertad social, de la sensación de comodidad y crédito anejos a su casa que esencialmente tenía la perfección propia de algo por lo que se ha pagado el precio, pero que «resultaba», globalmente considerado, tan barato que parecía que no costara nada al padre ni a la hija. En la actualidad, Maggie se preguntaba si había sido sincera en lo tocante a aquel viaje, se preguntaba si hubiera sido fiel al proyecto, incluso en el caso de que nada hubiera ocurrido.


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