La Copa Dorada

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El que Maggie ahora considerase imposible seguir fiel al plan quizá nos dé la medida de su convicción de que había ocurrido cuanto podía ocurrir. Se había producido un cambio en su relación con cada uno de sus familiares, y este cambio la había obligado a decirse a sí misma que comportarse como antes lo hacía significaba comportarse, con respecto a Americo y Charlotte, con la más redomada hipocresía. En estos días Maggie estimaba que efectuar con su padre un viaje por países extranjeros equivaldría, sobre todo, tanto por su parte como por la de su padre, a una última expresión de excesiva confianza, ya que el encanto de la idea había partido en realidad de tan sublime concepto. Día tras día, demoraba el momento de «hablar» con su padre y daba a este término muchos significados. Además, se sentía dominada por la extraña aprensión de que fuera su padre quien rompiera el silencio. Maggie le daba tiempo, le dio tiempo durante varios días, le dio tiempo aquella mañana, aquel mediodía, aquella noche, y a la siguiente y a la siguiente y a la siguiente, e incluso llegó a pensar que si su padre seguía sin referirse al proyecto sería prueba concluyente de que también él se sentía inquieto. De todo ello quizá resultara que se habían dedicado, con gran éxito, a arrojarse tierra a los ojos los unos a los otros, y al final resultaría que todos tendrían que volver la cabeza, debido a que la plateada niebla que los protegía hubiera comenzado a disiparse. Por fin, a últimos de abril, Maggie decidió que si su padre nada decía en el curso de las próximas veinticuatro horas, debería considerar que esto significaba que estaban «perdidos», dicho sea en el particular léxico de Maggie, ya que muy poca sinceridad podía haber en fingir interés por efectuar un viaje a España cuando ya se aproximaba el verano, un verano que prometía ser caluroso. Semejante propuesta en labios de su padre, semejante desorbitado optimismo, representaría su manera de ser consecuente consigo mismo, por cuanto el hecho de que en realidad no deseara moverse, o que su desplazamiento se limitara, en el peor de los casos, a regresar a Fawns, sólo podía significar que su padre no era feliz. Maggie, de todas maneras, averiguó lo que su padre quería y lo que no quería, y lo hizo en el momento preciso para que ello infundiera nueva claridad a su mente. Maggie había cenado con su esposo en la casa de Eaton Square, con motivo de recibir en ella el señor y la señora Verver a lord y lady Castledean. La conveniencia de un acto de este género había sido considerada durante varios días por nuestro grupo, y la cuestión quedó reducida a determinar cuál de los dos hogares debía entrar en liza en primer lugar. El problema quedó fácilmente resuelto, como quedaban todos aquellos que en cierta medida afectaran a Americo y a Charlotte. La iniciativa correspondía evidentemente a la señora Verver, que había ido a Matcham, en tanto que Maggie no había ido, y la velada de Eaton Square bien podía considerarse como una demostración personal por cuanto la cena se había planeado con criterios de «intimidad». Además de los anfitriones de Matcham, sólo seis invitados más formaban el grupo, y cada una de estas personas tenía para Maggie el interés propio de una celebración habida en las celebraciones pascuales en aquella casa legendaria. El recuerdo común de una ocasión que había dejado una imborrable e inefable estela de encanto, ese aire de afectuoso comentario, menos reprimido en los demás que en Americo y Charlotte, les daba una indescifrable camaradería contra la cual la imaginación de nuestra joven amiga se estrellaba como una menuda ola impotente.


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