La Copa Dorada
La Copa Dorada Y esto no significaba que Maggie deseara haber participado en la tan recordada fiesta ni ser partícipe de sus secretos, porque tales secretos nada le importaban; en la actualidad, únicamente y de manera absoluta, le preocupaban sus propios secretos. Ocurría sencillamente que Maggie se había dado cuenta, de repente, de la información que necesitaba para sus propios fines, y de la mucha información que podía sonsacar a aquella gente, de una manera u otra, por lo que de repente sintió el deseo de dominar y utilizar a aquella gente, incluso hasta el punto de desafiar, de explotar directamente, posiblemente de gozar, bajo la protección de una perversa hipocresía, del perceptible elemento de curiosidad con que la miraban. Tan pronto como Maggie tuvo conciencia del aleteo de esta última impresión —la irresistible percepción de que ella representaba algo en la extraña experiencia de ellos, de la misma manera que ellos representaban algo para la suya—, su consciente propósito de no dejarlos escapar dejó de conocer límites. Tan pronto como comenzó aquella noche, Maggie siguió adelante y avanzó como había sentido que avanzaba tres semanas antes, aquella mañana en que la visión de su padre y de su esposa, esperándola juntos en el comedor del desayuno, había sido tan decisiva. En esta otra escena, lady Castledean fue quien tuvo el poder de decidir, fue quien encendió la luz, quien prendió el fuego, quien activó los nervios. Lady Castledean no le gustaba a Maggie, según le constaba, a pesar de todas las razones que hubiera en contra, a pesar de los más grandes diamantes en el cabello dorado, a pesar de las más largas pestañas sombreando los más lindos y falsos ojos, a pesar del más antiguo encaje sobre el más violeta terciopelo, a pesar de las más correctas maneras sobre las más erróneas presunciones. Su presunción consistía en tener, en todos los momentos de su vida, todas las ventajas, lo cual la hacía suavemente bella y casi generosa, por lo que no distinguía los menudos ojos protuberantes de los insectos sociales menores, a menudo tan bien dotados, de las otras decorativas protuberancias que cabía ver en sus cuerpos y en sus alas. A Maggie le habían gustado, en Londres y en todo el mundo, las personas que se consideraban con derecho a temer, con derecho incluso a juzgar; tener que reconocer, en aquel caso concreto, la ausencia de todo género de lógica consecuencia tenía la virtud de darle fiebre. En realidad, todo consistía únicamente en que una encantadora e inteligente mujer la miraba con curiosidad, con curiosidad como esposa de Americo; además esta curiosidad estaba animada por un espíritu de amabilidad y de espontaneidad casi sorprendente.