La Copa Dorada
La Copa Dorada El punto de vista, este punto de vista, era lo que Maggie percibía en la libre contemplación de los ocho. Había en Americo algo que debía explicarse, y Maggie era pasada de mano en mano tierna y hábilmente, como una muñeca vestida correctamente, sostenida por su parte media, prietamente rellena, para que diera una explicación. Oprimiéndole el estómago cabía la posibilidad de que la diera, y parecía que de ella se esperara que, en rara imitación de la naturaleza, dijera: «Oh, sí, aquí estoy y siempre he estado aquí; también soy, a mi manera, un pequeño hecho real; en principio cuesto mucho dinero, es decir, mis aderezos cuestan a mi padre mucho dinero; por otra parte, impongo a mi marido trabajos encaminados a mi educación que no se pueden pagar con dinero». Maggie podía dar a aquella gente una réplica de esta manera, y tradujo sus ideas en actos después de la cena, antes de que se dispersaran, comprometiéndolos a todos, sin convencionalismos, casi violentamente, a que fueran a cenar a su casa de Portland Place, comprometiéndoles a los mismos que allí estaban, si es que no les molestaba ser los mismos, que era lo que ella quería. Sí, Maggie avanzaba, seguía adelante, y de ello se dio cuenta una vez más. Era algo parecido a haber estornudado diez veces seguidas o a haberse puesto a cantar de repente una canción cómica. Había rupturas en la ilación y habría obstáculos en el proceso. Maggie no veía con claridad qué podía hacer aquella gente en su beneficio, ni la manera en que debía tratarla, pero ya andaba bailando de un lado para otro, bajo la apariencia de un correcto proceder, animada por el pensamiento de que algo había comenzado, tanto le gustaba darse cuenta de que ella era el punto de convergencia de curiosidades. A fin de cuentas, tampoco comportaba que la curiosidad de aquella gente significara gran cosa, la curiosidad de aquellos seis acorralados, a quienes Maggie consideraba, con lúcida consideración, que aún se hallaba en disposición de conducir como si se tratara de un rebaño de corderos. La intensidad de la conciencia de Maggie, su penetrante sabor, derivada de que ella había conseguido atraer, capturar, cual aquella gente decía, la atención de Americo y de Charlotte, a ninguno de los cuales Maggie había mirado siquiera en ningún momento. En realidad, Maggie había mezclado a éstos con los otros seis. Con el paso del tiempo Americo y Charlotte perdieron el contacto con su función; dicho en pocas palabras: impresionados y sorprendidos, abandonaron sus puestos. En el fondo de su ser, Maggie se decía: «¡Han quedado paralizados, paralizados!». Hasta este punto ayudaba a dar coherencia a las percepciones de Maggie el hecho de que ambos estuviesen desorientados.