La Copa Dorada

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Con ello vemos que la apariencia, en el caso de Maggie, no guardaba la debida proporción con las causas. Pero, de una manera esporádica, ella pensaba que si conseguía captar correctamente las apariencias, si conseguía situarlas en el lugar que les correspondía, las razones agazapadas detrás de ellas, las razones inciertas a la vista, debido a su naturaleza cambiante, quizá quedaran de relieve. Y no consistía todo en que el Príncipe y la señora Verver se maravillaran al ver que Maggie se comportaba cortésmente con sus amigos, sino en todo lo contrario, en que no era cortés su comportamiento, ya que se había apartado de la costumbre de ser delicada en la propuesta, propuesta efectuada mediante la sugerencia del condicional «si», mediante la aceptada vaguedad que habría permitido a aquella gente frustrar sus propósitos caso de que hubieran querido. La razón de su plan, la fuente de aquella violencia que estaba plenamente dispuesta a desatar, consistía en que era aquella gente ante la que Maggie se había comportado antes con cierta timidez, pero ante la que ahora, de pronto, hablaba con sinceridad. Sin embargo, debemos añadir que más tarde, cuando Maggie hubo recorrido con rapidez el camino que tenía que recorrer, con paso agitado pero decidido, dejó de tener importancia el que aquella gente fuera la misma o no. Entre tanto, la concreta impresión que los invitados le produjeron aquella noche le había rendido el servicio, al parecer, de romper el hielo precisamente en el punto en que más grosor tenía. De una forma todavía más imprevista aquel servicio había beneficiado igualmente a su padre, puesto que tan pronto como se fueron todos hizo con exactitud lo que ella esperaba de él y ya había perdido las esperanzas de que lo hiciera; pero lo hizo como lo hacía todo, con una sencillez que daba el carácter de inútil a todo intento de sondearle más profundamente, de hacerle hablar más, de indagar, como él decía, lo que había «detrás» de sus palabras. Lo dijo sin ambages dando a sus palabras un tono bella y valerosamente irrelevante, atenuado solamente por la consideración de que más les valía no romper el momento de encanto:


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