La Copa Dorada

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En su estado de tensión Maggie hizo otra pausa, lo que le produjo la impresión de que ejercía una resistencia inmensa. Fue muy rara y totalmente nueva esta sensación que Maggie tuvo de poseer de manera casi milagrosa una ventaja que, de forma absoluta, podía conservar o abandonar allí en aquel instante, en el coche, mientras avanzaban. Aquello era raro, indeciblemente raro, tal era la claridad con la que Maggie veía que si renunciaba a aquella ventaja, renunciaría asimismo a todo para siempre. Y lo que el poder de su marido significaba, como Maggie sentía en el tuétano de los huesos, era que ella debía renunciar. Precisamente a este fin el Príncipe había recurrido a su infalible remedio mágico. El Príncipe sabía cómo recurrir a él. En ocasiones así, como Maggie había tenido ocasión de comprobar en los últimos tiempos, el Príncipe sabía ser un amante generoso en grado sumo; precisamente, era ésta una de las facetas de su carácter que Maggie jamás dejaba de estimar como una parte de su gracia generosa y noble, de su talento para ejercer el encanto, para la conversación, para la expresión, para la vida. A Maggie le habría bastado cierto movimiento para apoyar la cabeza en su hombro y darle a entender que abandonaba toda resistencia. Mientras avanzaban, todos los latidos de su conciencia le inducían a hacerlo, es decir, todos los latidos salvo uno: el de su más profunda necesidad de saber dónde se hallaba «en realidad». En consecuencia, cuando la Princesa expresó su pensamiento todavía conservaba la cabeza y tenía la intención de seguir conservándola, a pesar de que también miraba a través de la ventanilla del coche, con ojos a los que habían acudido las lágrimas de las penas sufridas, lágrimas quizá felizmente invisibles a la escasa luz de la noche. Maggie estaba haciendo un esfuerzo que le producía un dolor horrible, y como sea que no podía llorar claramente, sus ojos se ahogaban en el silencio. De todas maneras, consiguió con su mirada, a través de la plaza que se abría junto a ella, a través del grisáceo panorama de la noche londinense, la hazaña de no perder de vista aquello que quería conseguir y sus labios la ayudaron y protegieron, al ser capaces de hablar alegremente:


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