La Copa Dorada

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—¡Incluso podríamos ir las dos solas a Fawns!

El Príncipe preguntó:

—¿Tan feliz serías sin mí?

—Sí, querido, siempre y cuando tú fueras feliz en compañía de papá. Esto me dejaría tranquila. Entretanto, yo iría a vivir a casa de Charlotte o Charlotte podría venir a vivir a Portland Place.

Con alegre vaguedad, el Príncipe exclamó:

—¡Ajá!

Maggie prosiguió:

—Tendría la impresión de que de esta manera pondríamos de relieve la misma clase de afecto.

Pensando en voz alta, el Príncipe preguntó:

—¿Quién? ¿Charlotte y yo?

Maggie volvió a dudar.

—Tú y yo, querido.

El Príncipe comprendió rápidamente a Maggie, ahora:

—Claro, claro… ¿Y qué razón crees que puedo dar, a tu padre, quiero decir?

—¿Para proponerle hacer un viaje? Pues la más sencilla, si es que en conciencia puedes. El deseo de serle agradable. Con ésta basta.

Algo hubo en esta contestación que indujo a su marido a reflexionar. Preguntó:

—¿«En conciencia»? ¿Ya santo de qué no he de hacerlo en conciencia?


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