La Copa Dorada
La Copa Dorada Maggie oyó sus propias palabras, oyó el tono de sus palabras después de haberlas pronunciado, y con tanta mayor claridad lo oyó, porque en seguida sintió la mirada de su marido en su cara, muy cerca, tan cerca que no podía verle. El Príncipe la miraba debido a que había quedado impresionado. La miraba fijamente, a pesar de que cuando por fin habló, sus palabras no fueron evasivas:
—Creo que en esta materia estamos de acuerdo; tú misma has dicho que estimas que me preocupo notablemente de que tu padre viva de la manera más cómoda y placentera posible. En este caso, tu padre podría demostrar que tiene conciencia de ello siendo él quien me proponga el viaje. Maggie preguntó inmediatamente:
—¿Y te irías con él?
El Príncipe guardó silencio, aunque sólo un instante:
—Per Dio!
También Maggie hizo una pausa, pero la rompió con una intensa sonrisa, ya que se palpaba la alegría en el aire:
—Has podido decir esto con toda tranquilidad porque sabes muy bien que la propuesta es de una naturaleza tal que impide que mi padre te la haga.