La Copa Dorada
La Copa Dorada Más tarde, Maggie no hubiera sido capaz de decir, y en realidad ni siquiera a sà misma podÃa explicárselo, en virtud de qué transición, en virtud de qué cambio marcadamente brusco en su relación personal, su conversación terminó con una especie de tregua tácitamente establecida, aunque casi confesada, entre los dos. Lo advirtió por el tono en que Americo repitió:
—¿«Con tranquilidad»?
—Con tranquilidad respecto al riesgo de estar obligado a convivir con mi padre, si el caso se diera, durante un perÃodo excesivamente largo. Mi padre es una persona que se da perfecta cuenta de que esto puede constituir un riesgo para ti. En consecuencia, no te hará semejante propuesta. Su modestia se lo impide.
Ahora se miraban a los ojos cada uno en un rincón del coche. El PrÃncipe, sonriendo, exclamó:
—¡Oh, vuestra célebre modestia! ¿De modo que si no insisto…? —Seguiremos sencillamente tal como estamos.
El PrÃncipe observó:
—Bueno, a fin de cuentas, estamos muy bien.
Pero el PrÃncipe no dijo estas palabras con la expresión que hubieran tenido en el caso de que su mudo cambio, el del intento de captura y de la conseguida fuga, no hubiese tenido lugar. Sin embargo, como Maggie no dijo nada para contradecir la afirmación del PrÃncipe, éste tuvo la oportunidad de concebir otra idea: