La Copa Dorada
La Copa Dorada Esto constituía en verdad un peligro que durante largo tiempo tuvo momentos de extraño encanto, momentos que fueron precisamente aquellos en que el sentido de la cautela quedó tan abandonado en Maggie que sintió que la comunicación con su padre era más íntima que cualquier otra. De manera que resultaba imposible que no se transmitiera, entre Maggie y su padre, el mensaje de que algo singular ocurría. Esto era lo que ésta se decía una y otra vez, por lo que en aquella situación concurría de manera perceptible un elemento de consuelo, juntamente al de posible peligro, y Maggie imaginaba que aquella pareja que formaba con su padre avanzaba a tientas, con los labios cerrados, aun cuando dirigiéndose recíprocas miradas que jamás habían sido tan tiernas, en busca de cierta libertad, de cierta ficción, de cierta imaginaria valentía, que les permitiera hablar sin riesgos nacidos de la situación en sí misma. Y llegaría el momento, momento que al fin llegó, con un efecto tan penetrante como el del sonido que resultaba de oprimir un botón eléctrico, en que Maggie colegiría el menos halagüeño de los significados en la agitación que había provocado. La interpretación meramente superficial de su caso y del de su padre hubiera consistido en afirmar que, después de haber sido, en cuanto a familia, durante largo tiempo y sin interrupciones deliciosamente felices, todavía les faltaba descubrir una nueva felicidad, una felicidad para la cual, afortunadamente, el apetito de su padre y el de la propia Maggie seguía siendo agudo y con capacidad de agradecimiento. Este vivo desarrollo de las relaciones entre los dos era lo que de vez en cuando provocaba en el señor Verver la aparición de aquel instinto que le inducía a aferrarse a algo, que ya hemos tenido ocasión de advertir, que bien hubiera podido quedar expresado en estas posibles palabras del señor Verver a su hija, en el caso de que no fuera ésta quien rompiera el silencio: «Todo es muy agradable, ¿verdad? Pero, a fin de cuentas, ¿dónde estamos? ¿Viajando en globo por los aires? ¿0 en las profundidades de la tierra, en los relumbrantes túneles de una mina de oro?». El equilibrio, esa preciosa condición, se mantenía a pesar de la reorganización, se había procedido a una nueva distribución de los diferentes pesos, pero el equilibrio se mantenía y triunfaba, lo cual constituía la razón por la que Maggie no podía, ante su compañero en aquella aventura, poner a prueba su experimento. Había equilibrio, y esto era lo que Maggie tenía que aceptar, sin intentar averiguar, so pretexto alguno, por encubierto que fuera el método, lo que su padre pensaba.