La Copa Dorada
La Copa Dorada Y así vemos que Maggie tenía momentos en que se sentía supremamente unida a su padre por el rigor de su ley común, y cuando pensaba que el deseo de su padre, por evitarle todo género de padecimientos, era lo que mayor importancia tenía para él, así como el hecho de que los dos parecían no tener nada que hablar en lo referente a «interioridades», tenía la impresión de que su padre estuviera envuelto en una clase de dulzura que, a modo de consagración, no se daba ni siquiera en la atracción que su marido ejercía en ella. Sin embargo, quedó impotente, quedó todavía más incapaz de hablar cuando se produjo la interrupción, en el momento en que estaba plenamente preparada para decir a su padre: «Sí, a juzgar por todas las apariencias, éste es el mejor momento de que hasta el presente hemos gozado, pero ¿no ves, de todas maneras, lo mucho que estos dos deben trabajar conjuntamente para que este momento sea como es?, ¿no ves que mi éxito, mi éxito en la modificación de nuestra bella armonía, a fin de darle una nueva base, es un éxito de ellos, un éxito de su inteligencia, de su amabilidad, de su capacidad de mantenerse serenos, en resumen, de su total dominio sobre nuestras vidas?». Pero ¿cómo podía Maggie decir lo anterior sin decir al mismo tiempo mucho más? ¿Cómo podía decirlo sin decir también: «Harás todo lo que queramos salvo una cosa, salvo prescribirnos un comportamiento que produzca el efecto de separarlos a ellos dos?». ¿Cómo podía siquiera imaginar que era capaz de murmurar estas palabras, sin poner en labios de su padre unas palabras que la hubieran estremecido y acobardado? «¿Que se separen, querida? ¿Quieres que se separen? En ese caso, ¿quieres también que tú y yo nos separemos? Sí, porque ¿cómo puede tener lugar la primera separación sin la segunda?» Ésta era la pregunta que Maggie había oído formular a su padre en la esfera del espíritu, pregunta que llevaba una temible secuela de preguntas conexas y derivadas sin responder. La separación de Maggie y su padre era perfectamente lógica, aunque sólo fuera por la más poderosa entre todas las razones. Y la razón más poderosa, realmente la más poderosa, era que ninguno de los dos podía seguir permitiendo que la esposa del padre y el marido de la hija continuaran imponiéndoles una tan compacta formación. ¿Yen caso de que aceptaran esta situación con carácter prácticamente definitivo y actuaran basándose en ella como si estuviesen divididos, acaso sombríos fantasmas del pasado ahogado, fantasmas de uno y de otro, no mostrarían en el vacío del abismo sus pálidos e inquietantes rostros o alzarían en toda ocasión sus manos en ademán de exculpación y denuncia?