La Copa Dorada
La Copa Dorada Entretanto, y meditando cuanto procede, Maggie se dijo a sí misma que en la reparación y en la calma podía haber una traición más profunda todavía. Ella volvería a sentirse sola, como sola se había sentido en los momentos de alta tensión ante su marido al regresar de la velada con los Castledean en la casa de Eaton Square. Aquella velada la había dejado muy alarmada, pero luego vino un momento de calma porque la alarma no había sido aún confirmada. Inevitablemente llegó el momento en que Maggie supo con estremecimiento qué era lo que había temido y por qué. Este momento tardó un mes en llegar, pero cuando llegó supo plenamente lo que representaba, por cuanto le reveló con claridad lo que Americo había querido decir al aludir al uso concreto que podía hacer de Charlotte en vista a su ratificada armonía y bienestar. Ahora Maggie, cuanto más pensaba en el tono que su esposo había empleado para expresar el disfrute de aquel recurso por parte de los dos, más claramente comprendía que era fruto de un arte conscientemente elaborado de tratarla a ella. En aquellos momentos, Americo había pensado muchas cosas, incluso había tenido conciencia, y no poca, de desear y, en consecuencia, de necesitar saber qué haría Maggie en un caso determinado. El caso determinado consistía en que ella se sintiera amenazada hasta cierto punto, y en la suficiente medida para que fuera consciente de ello y, por muy horrible que fuera, imputarle a Americo una intención que hubiera quedado expresada mediante semejante palabra. Hablar de la posibilidad de hacer intervenir a Charlotte en un asunto que en aquel momento parecía ser exclusivamente privativo de Americo y Maggie, el que algo tan familiar y tan sencillo le causara la impresión de llevar en sí el germen de una amenaza, constituía para Maggie una cosa rara que con carácter temporal carecía de base, constituía la aventura de que su viva imaginación posiblemente se hubiera extraviado. Sin duda, ésta era precisamente la razón por la que había aprendido a esperar mientras pasaban las semanas con un notable o, mejor dicho, realmente excesivo disimulo de serenidad recuperada. A la equívoca relación del Príncipe no le siguió ninguna más, y esto exigía el ejercicio de la paciencia. De todas maneras, Maggie forzosamente tuvo que reconocer, con el paso del tiempo, que la indirecta del Príncipe había quedado clara en grado más que suficiente para que la aprensión experimentada por ella en el primer momento quedara justificada. La consecuencia de esto, a su vez, fue un renovado dolor al recordar la maña de que Americo había hecho gala. ¿Qué gravedad no podía llegar a tener el que Americo hubiera sido hábil en su trato con ella considerando que jamás ni en ningún momento le había impuesto siquiera la más leve carga en lo tocante a tolerarla, de hacerle dudar de ella, de temerla; en resumen, de tener que hacer cálculos sobre su comportamiento? La habilidad de su esposo había consistido sencillamente en hablar de utilizar a Charlotte, como si ésta perteneciera a los dos por igual; el triunfo de Americo, en esta ocasión, radicó precisamente en la sencillez. Maggie no podía decir la verdad —y esto lo sabía muy bien Americo—: «Tú utilizas a Charlotte y yo también la utilizo, pero la utilizamos de manera diferente y por separado. A nadie utilizamos conjuntamente sino a nosotros mismos, ¿o es que no lo ves? Con esto quiero decir que en los casos en que tenemos los mismos intereses, yo puedo servirte noble y exquisitamente en todo, y tú puedes por igual servirme noble y exquisitamente a mí. La única persona que cualquiera de nosotros dos necesita es el otro, por lo tanto ¿a santo de qué has de meter en un caso como éste, como si fuera cosa normal y corriente, a Charlotte?».