La Copa Dorada

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Maggie no podía discutir con Americo debido a que ello hubiera representado —y al pensarlo quedó paralizada— dar la nota. Sus palabras hubieran significado al instante una manifestación de celos, y los ecos y repercusiones hubieran llegado a su padre como si fueran el grito que taladra el silencio de un pacífico sueño. Durante muchos días fue para Maggie tan difícil gozar de veinte minutos de paz y tranquilidad en compañía de su padre como fácil había sido antes. En los viejos tiempos —tan largo parecía el tiempo transcurrido— se había dado en los largos diálogos con su padre cierto carácter inevitable, una especie de domesticada belleza en la previsión de cuanto les rodeaba. Pero en la actualidad Charlotte se encontraba siempre en Eaton Square cuando Americo la llevaba allí, y la llevaba constantemente. Y el Príncipe estaba presente siempre que Charlotte traía a su marido a Portland Place, adonde lo llevaba con mucha frecuencia. Las contadas ocasiones, los minutos en que por casualidad quedaban los dos mano a mano, poca importancia tenían para ellos, por cuanto el ritmo de aquel conversar mantenido a lo largo de toda la vida excluía todo género de tratamiento a la ligera como oportunidad para hablar de asuntos profundos. Jamás habían aprovechado un ocasional cuarto de hora para charlar acerca de cosas fundamentales, sino que, al contrario, se movían despacio en amplias y tranquilas estancias y eran capaces de guardar silencio en cualquier instante, lo que les producía un placer superior al de la expresión apresurada. Ciertamente, habían llegado al punto en que la recíproca atracción que sentían se medía, en cuanto a viveza, precisamente mediante esta economía de los sonidos. Desde luego, cabía la posibilidad de que se hablaran el uno al otro, mientras hablaban con sus cónyuges, pero éstos tenían medio más directo de saber cómo iban las relaciones entre ellos dos, en lo tocante a la presente fase. Éstas eran algunas de las razones por las que Maggie sospechaba que cuestiones fundamentales, como las he llamado, estaban emergiendo a la superficie gracias a un nuevo movimiento, y así lo sospechó una mañana de finales de mayo en que su padre se presentó solo en la casa de Portland Place. El señor Verver tenía su pretexto, y Maggie así lo comprendió. Dos días antes, el Principino había mostrado síntomas, afortunadamente no fueron persistentes, de un resfriado con fiebre, por lo que evidentemente quedó confinado en su hogar. Esto era motivo, y muy fundado, para pedir puntual información, pero no lo era, como rápidamente Maggie concluyó, para que su padre se las hubiera arreglado para prescindir de manera tan notoria —habida cuenta de la forma en que su vivir había quedado últimamente organizado— de la compañía de su esposa. Y ocurrió que a Maggie le faltaba, en aquellos momentos, su marido, y pronto veremos que dichos momentos tuvieron un especial significado, cuando haga constar que recordando que el Príncipe se había asomado a la estancia para anunciar que salía de casa, la Princesa se preguntó con vaga ilusión si acaso sus respectivos sposi no iban a reunirse franca y abiertamente; incluso tuvo esperanzas de que, por el momento, ambos se sintieran dispuestos a tal reunión. Era extraña aquella necesidad que a veces sentía de pensar que sus respectivos cónyuges no daban excesiva importancia al repudio de la costumbre general que, hasta hacía pocas semanas, había tenido su apoyo y sustento, por una tan consignada corrección. Sin embargo, no se trataba de repudios, ninguno de ellos había llegado a estos extremos, ¿acaso en esos precisos instantes no daba Maggie directo testimonio en contra de los repudios con su propio comportamiento? De manera que cuando ella estuviera dispuesta a confesar que temía quedarse a solas con su padre, que temía lo que su padre pudiera decirle en semejante ocasión —en un lento y doloroso proceder que la aterraba—, llegaría el momento en que Americo y Charlotte manifestaran su desagrado al dar a entender que comprendían la situación.


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