La Copa Dorada

La Copa Dorada

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Aquella mañana Maggie tenía la maravillosa impresión tanto de temer determinadas preguntas formuladas por su padre, como de ser capaz de poner freno, e incluso de eliminar gracias a su clara manera de recibirla, toda inquieta consideración imaginaria que su padre tuviera en lo tocante a la importancia de aquel temor. El día, soleado y tibio, llevaba ya el aliento de verano, por lo que, para empezar, les indujo a hablar de Fawns, de la manera en que Fawns les invitaba a ir allá. Pero Maggie se daba cuenta al considerarlo junto con su padre, que la amable invitación tanto afectaba a una pareja como a la otra, y su engañosa sonrisa casi llegó a ser convulsa. Así era, realmente constituía cierta especie de alivio el darse cuenta de ello: Maggie ya engañaba a su padre, llevada por una absoluta necesidad, como nunca, nunca, lo había hecho en su vida; le engañaba íntegramente en la medida que había decidido hacerlo. En la gran estancia de suave esplendor, en la que el señor Verver, renunciando a sentarse por razones de su incumbencia, paseaba del mismo modo que Americo solía; la necesidad oprimía a Maggie con la misma fuerza que lo hacía el encanto del antiguo goce del trato mutuo, tan sinceramente ejercido de nuevo, de la clara llaneza de su recíproca ternura, íntegramente destinada a la familia, como si fuera el resultado de una larga sucesión de sofás forrados de ricas tapicerías suavemente gastadas, en los que la teoría del contento del señor Verver se había aposentado gracias a los muchos ratos al lado de Maggie. En aquel preciso instante, Maggie supo, lo supo por adelantado y con más claridad de lo que jamás hubiera podido llegar a saberlo, que ni siquiera por un solo segundo debía cejar en su noble empeño de demostrar que carecía de problemas. De repente, Maggie lo vio todo bajo este prisma, advirtiendo las relaciones del mismo con buen número de remotas realidades; por ejemplo, se dio cuenta de que se comportaba de modo que redundaba en su propio beneficio cuando propuso salir de casa, en el ejercicio de su libertad y en homenaje a la estación del año, para dar un paseo por Regent’s Park. Este lugar se hallaba cerca, un poco más arriba de Portland Place, y el Principino, muy mejorado por fortuna, ya se había dirigido allá, en digna y competente compañía, consideraciones que para Maggie tuvieron carácter defensivo, y todas ellas llegaron a ser en su mente parte de la tarea de cultivar la continuidad.


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