La Copa Dorada
La Copa Dorada Después de haber dejado a su padre con el fin de ponerse algo para salir de casa, Maggie recordó desde el piso superior a su padre esperándola abajo, solo en la casa desierta, y este recuerdo trajo consigo, breve pero penetrantemente, una de aquellas bruscas interrupciones de coherencia en ella: el roce de una huera meditación ante el espejo, que casi la dejó paralizada, como le ocurría a menudo. Dicho en otras palabras, le trajo la vívida imagen del cambio que el matrimonio de su padre había producido. En aquellos instantes, el cambio concreto parecía consistir, ante todo y sobre todo, en la pérdida de la antigua libertad de su padre y de ella, el no haber tenido jamás que pensar, más que en todo lo que afectaba a los dos conjuntamente, en ninguna otra persona, ni en otras cosas, pudiendo preocuparse solamente de ellos dos. Este cambio no había resultado del matrimonio de Maggie, ya que su matrimonio jamás los había inducido a ninguno de los dos a pensar que debían comportarse con diplomacia, que debían tener en consideración otra presencia, ni siquiera la del marido de Maggie. Mientras la vana meditación proseguía, Maggie se preguntó: «¿Por qué se casó? ¿Por qué?». Luego pensó una vez más que difícilmente pudo haber algo más hermoso que la manera en que hasta el momento en que Charlotte quedó tan íntimamente incorporada a su vivir Americo había sabido mantenerse al margen. Lo que Maggie seguía debiendo a Americo por semejante actitud volvió a presentarse ante su vista como una larga columna de cifras o quizá, incluso, si así cabe decirlo, como un castillo de naipes. El maravilloso acto de su padre fue lo que derribó el castillo de naipes, lo que hizo que la suma de estas cifras diera un resultado erróneo. Inevitablemente acudió veloz a su mente la confusa y avasalladora oleada de sus razonamientos: «¿Por qué lo hizo, por qué?». Gimiente, se dijo: «Lo hizo por mí, por mí; lo hizo precisamente para que nuestra libertad —lo que para el pobrecillo solamente significaba mi libertad— se ampliara en vez de menguar; lo hizo, como inspirado, para liberarme en la medida de lo posible de las preocupaciones que él pudiera ocasionarme». Y allí, en el piso superior, Maggie todavía tuvo tiempo, a pesar de la prisa, como reiteradas veces también lo había tenido con anterioridad, para permitir que los interrogantes anejos a estos pensamientos desfilaran ante ella por el solo hecho de hacerla parpadear, sobre todo el interrogante de saber si acaso podría hallar la solución a su comportamiento, de acuerdo con las intenciones que animaron a su padre, para así obligarse a que su «preocupación» por él no fuera en aumento, como éste se había propuesto. De esta manera Maggie tuvo de nuevo la impresión de que todo el peso de la responsabilidad de aquel caso recaía otra vez sobre sus hombros, con lo que quedó enfrentada, sin lugar a dudas, con la principal causa de su atormentado ánimo. Todo tenía su origen en su incapacidad para no preocuparse de lo que le ocurriera a su padre, de haber sido incapaz de dejar, sin sentir angustia, que su padre siguiera su camino, corriera sus propios riesgos, llevara su propia vida. Maggie había convertido la angustia en su pequeño y estúpido ídolo, y ahora, de una forma absoluta, mientras se atravesaba el sombrero con una larga aguja, no sin cierta perversidad, dijo en tono rayano en la irritación a su doncella, que era nueva y a quien en los últimos días había llegado a considerar abismal, que no la necesitaba e intentó centrar su atención en la posibilidad de llegar a un entendimiento con su padre.