La Copa Dorada

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¡Sí, sí…! Parecía próxima semejante posibilidad. También esta impresión dominó a Maggie en el momento en que ya estaba dispuesta para salir. Toda la vibración, toda la emoción del momento nacía precisamente por haber regresado su padre y ella dulcemente a las circunstancias de los tiempos de más sencillo vivir, al extraño parecido que se daba entre los sentimientos de ahora y los de los innumerables momentos anteriores ya tan lejanos. Maggie se había arreglado deprisa, a pesar de los avances de aquella marea que a veces la dejaba con el aliento cortado; pero una vez más tuvo que hacer una pausa en lo alto de la escalinata antes de iniciar el descenso para ir al encuentro de su padre; durante esta pausa se preguntó si era imaginable que, desde un punto de vista absolutamente práctico, sacrificara pura y simplemente a su padre. Maggie no entró en los detalles de lo que representaba sacrificar a su padre, no tenía necesidad alguna de ello debido a la claridad con que sabía que su padre la esperaba, que le encontraría paseando en la sala de estar, en el cálido y fragante ambiente a cuya calidad contribuían las ventanas abiertas y la abundancia de flores; le encontraría paseando lentamente, con vaga expresión, muy frágil y juvenil el aspecto y, superficialmente manejable, casi tanto como si fuera su hijo, dicho sea permitiéndonos una leve libertad, y al mismo tiempo su padre; y, sobre todo, revistiendo las apariencias propias de haber llegado quizá a la casa con el propósito de ser él quien le dijera a Maggie, quien le dijera: «Sacrifícame, querida hija; sacrifícame, sacrifícame». Si Maggie realmente lo quisiera, si insistiera en ello, podría oír a su padre diciéndolo, con palabras que parecían como un balido con plena conciencia y con deseos de complacerla, como un precioso, inmaculado y excepcional e inteligente cordero. Sin embargo, el efecto positivo que esta imagen tuvo en ella fue el de sacudírsela de encima en el mismo instante en que comenzó el descenso de la escalinata; después de haberse reunido con él, después de haber renovado el vínculo del trato, Maggie conocería plenamente el dolor de pensar que la imposibilidad en que se hallaba estaba constituida por la clara conciencia y la lúcida intención de su padre. Esto fue lo que sintió mientras le sonreía una vez más de manera hipócrita, mientras se calzaba los claros y frescos guantes e interrumpía este proceso para dar a la corbata de su padre un toque de presión que la dejaba en postura levemente más elegante, y para resarcirle de la oculta locura en que había incurrido, frotaba la nariz contra su mejilla, siguiendo sus tradiciones del más franco abandono. Desde el instante en que Maggie pudiera declarar a su padre culpable de tener aquellas intenciones, todos los problemas quedarían cerrados, inabordables, y ella tendría que redoblar su hipocresía. Maggie le besó, le arregló el nudo de la corbata y le dijo frases casuales, le guió en el camino de salida de la casa, cogiéndole del brazo, no para que su padre la llevara, sino para llevarle ella a él, haciéndolo con la misma íntima presión que siempre había ejercido siendo niña para indicar lo inseparable que de ella era una muñeca. Y lo hizo para tener la seguridad de que su padre no pudiera siquiera soñar la existencia de los problemas que ante sí tenían.


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