La Copa Dorada
La Copa Dorada Nada hubo que indicara que los esfuerzos de Maggie fueran insuficientes hasta el momento en que se adentraron en el parque, y el señor Verver sorprendió a su hija, contra toda previsión, renunciando a poner en práctica una búsqueda seria del Principino. Se manifestó en el modo en que al poco se sentaron los dos al sol; en la manera en que el señor Verver se dejó caer con Maggie en las sillas que encontraron; en que su padre esperó un poco, luego de estar los dos aposentados, como si por fin Maggie pudiera hablar más concretamente como solían hacer los dos. Esto sólo sirvió para que Maggie percibiera con mayor agudeza todavía que las concreciones, cualquiera que fuera la dirección que tomaran, le estaban absolutamente prohibidas, que servirse de ellas sería para todos lo mismo que liberar de la correa a un perro ansioso de seguir un rastro. Las concreciones llegarían a donde el perro llegara, y revelarían la verdad sin que Maggie supiera exactamente cómo —¡Maggie estaba convencida de enfrentarse con la verdad!—, una verdad a la que ni siquiera indirectamente podía apuntar. De todas maneras, éste era el modo en que su apasionada prudencia se enfrentaba con el peligro, es decir, viendo síntomas y revelaciones en todo aquello en que fijaba la atención; sin embargo, estaba obligada, mientras veía el peligro, a dar evidentes muestras de que seguía impertérrita. Mientras estaban sentados, momentos hubo en que el señor Verver causaba la impresión de observar a Maggie como manteniéndose a la defensiva, entregado como estaba a pensar en algo nuevo que hiciera vacilar a su hija. Hubo pausas durante las cuales, Maggie, con su afecto tan dulce y sereno como la luz del sol, parecía empeñada en un juego absorbente, sobre una mesa, para ganar dinero, exigiendo a su padre que la distrajera lo menos posible. Luego, se sintió realmente orgullosa del gran estilo con que había sabido comportarse, en el aspecto que acabamos de decir. Más tarde, finalizada aquella salida, cuando ya habían vuelto sobre sus pasos para encontrarse con Charlotte y Americo que les esperaban en casa, Maggie pudo decirse a sí misma que de veras había sabido poner sus planes en práctica, aunque al mismo tiempo se imponía la difícil tarea de conseguir que la relación con su padre en todo momento no fuera de altura inferior a la de aquella otra ocasión, que pendía allá, en el pasado, como un cuadro enmarcado en un museo, y que era un hito en la historia de su antigua fortuna. Era aquella en que una tarde de verano, sentados el uno al lado del otro bajo las copas de los árboles en el parque de Fawns igual que ahora, habían permitido que su feliz confianza los arrullara con su más áureo susurro. En la actualidad, cabía la posibilidad de que se abriese a los pies de Maggie una trampa por el solo hecho de hacer referencia a pasar de nuevo una temporada en Fawns, por lo que no fue ella la primera en abordar el tema, a pesar de que su padre le causaba la impresión de guardar silencio al respecto para ver cuáles era las intenciones de su hija. En secreto, se decía: «¿Tal como ahora estamos, realmente podemos volver allá? ¿Realmente podré yo sola afrontar esa clase de vida, enfrentarme con ese intenso esfuerzo de mantener las apariencias indefinidamente de manera casi imposible, como nuestras circunstancias en el campo, tal como las hemos conformado y aceptado, comportan?». Maggie había quedado totalmente desorientada con esas dudas interiores, como después recordaría tan a menudo, pero también recordaría que su padre fue quien rompió el hielo, quizá sin causar la impresión de estar muy convencido, de manera muy parecida a aquella otra en que lo había hecho en la casa de Eaton Square, después de la cena ofrecida en honor de los Castledean.