La Copa Dorada
La Copa Dorada Si Maggie se hubiera guiado por las caras, la súbita palidez que adquirió la de su visitante la hubiera llevado muy lejos. Fanny Assingham palideció, pero hubo algo en este cambio, en la expresión que con él apareció en sus ojos, que tuvo la virtud de reafirmar la convicción que ella ya tenía en lo tocante a lo que su amiga había estado esperando. Lo había visto venir, lo había visto venir desde lejos; ahora que por fin había llegado, tan pronto pasara la primera convulsión, y pasaría pronto sin la menor duda, se hallarían las dos en una situación más real. Había llegado y estaba allí, porque habían compartido las dos solas el almuerzo dominical; estaba allí, por raro que parezca, por el mal tiempo, la fría y perversa lluvia de junio que había estropeado el día; estaba allí a consecuencia de la suma total de aquellas perplejidades y duplicidades, entre las que nuestra joven amiga había avanzado últimamente; estaba allí porque Americo y Charlotte habían ido de nuevo, juntos y solos, a pasar el fin de semana en casa de unos amigos, visita que Maggie, con intención infernal, había promovido sólo para ver si, en esta ocasión, también eran capaces de hacerla; estaba allí porque Maggie había atraído a Fanny a su lado, después de evitar que efectuara una visita que evidentemente le hubiera gustado efectuar, y le había obligado a ir a almorzar a su casa, estúpida, vacía y aburridamente; todo ello animada por la intención de celebrar que el Príncipe y la señora Verver le hubieran conferido el poder de describirlos tal como realmente eran. A decir verdad, Maggie sintió bruscamente la necesidad, antes que nada, de determinar cómo eran; por otra parte, antes de que su invitada diera contestación a su pregunta, todo en aquel momento y lugar, todo en todas las circunstancias le pareció que proclamara a gritos cómo eran. La mirada de ignorancia de su invitada, sobre todo, fue lo primero que lo proclamó: