La Copa Dorada

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Capítulo XXXI

El acuerdo al que, al parecer, se llegó fue que el coronel y su esposa llegarían a medidos de julio para iniciar la «larga visita» a Fawns. Maggie consiguió que su padre insistiera cordialmente así como que la pareja de Eaton Square dieran allí la bienvenida, antes de que julio llegara a su mitad, y menos de una semana después de su llegada, a la pareja de Portland Place. «Así les daremos tiempo para respirar un poco», había observado Fanny haciendo referencia al proyecto con una alegría que entrañaba indiferencia a todo género de críticas y observando a cada uno de los miembros del grupo por separado; Fanny al poner de relieve con un énfasis que rozaba el amable cinismo, la confianza y franqueza con que su marido y ella se comportaban, levantaba sus ánimos y se protegía. Al parecer de Fanny, el papel que mejor podía interpretar era el de comportarse como si se sintiera fuertemente impresionada, como siempre se sentía en cuanto hacía relación con el asunto que nos ocupa, por la reconocida rudeza de su avidez y por la manera en que la hospitalidad de los Verver satisfacía sus necesidades y era fuente de comodidad para ella, habida cuenta de que el coronel siempre la había tenido privada de un rústico retiro, de un frondoso paraje, de una base fija en donde pasar la estación seca ya en puertas. En su hogar, Fanny había explicado y vuelto a explicar reiteradamente las características de su dilema, las dificultades que entrañaba el hallarse en la posición en que ella se hallaba o, como ahora decía, en que ellos dos se hallaban. En Cadogan Place, cuando los dos cónyuges no podían hacer otra cosa, hablaban de la maravillosa pequeña Maggie y del encanto, del siniestro encanto de tener que contener el aliento cuando la contemplaban: tema éste que la trascendental conversación de medianoche, en la que hemos estado presentes, no agotó ni mucho menos. El tema reaparecía irremediablemente en todos los momentos en que los cónyuges se quedaban solos. Entre los dos lo habían planteado, y el tema crecía y crecía, un día tras otro, de manera que el sentido de la responsabilidad del matrimonio casi quedó ahogado por el de la fascinación. En momentos como éstos, la señora Assingham declaraba que, con tal de beneficiar a aquel ser tan admirable y tan joven —por el que, como también declaró, había quedado totalmente conquistada—, estaba dispuesta a pasar, para el resto del mundo, incluso para el mismísimo Príncipe, objeto también absurdo, de su continua y explícitamente desvergonzada admiración, por ser una mujer vulgar, sin delicadeza y pestilente, que en el abandono propio de la vejez revelaba su verdadero carácter. Tal como hemos visto, toda situación garantizadamente embrollada merecía, gracias a la presión ejercida por la señora Assingham, la manifiesta atención del coronel; pero en el caso concreto que nos ocupa, este fenómeno, como la esposa del coronel le manifestaba saber perfectamente, no se debía a que el coronel se apiadara de ella o estuviera preocupado porque su esposa se hubiera dejado arrastrar hasta semejantes terrenos, sino a que tan pronto el coronel abría los ojos no podía evitar que su mirada se fijara complacida y casi inteligentemente en la Princesa. Sin embargo, si el coronel se había enamorado de la Princesa, tanto mejor para todos, ya que eso los ayudaría a no retroceder ante lo que tendrían que hacer en su defensa. La señora Assingham siempre sacaba a colación lo que acabamos de decir, cuando al coronel le daba por quejarse. En ningún momento de embeleso, a que el comportamiento real de Maggie daba lugar, la señora Assingham permitía que el coronel se olvidara de la necesidad en que los dos se verían:


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