La Copa Dorada

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Capítulo XXXII

Si Maggie no hubiera decidido decir jamás con tanta firmeza a su buena amiga o a cualquier otra persona más de lo que se proponía acerca de su padre, quizá no hubiera incurrido en semejante exceso durante la semana que pasó en Londres en compañía de su marido, después de que los otros se hubieran trasladado a Fawns para pasar allí el verano. Todo se debió al raro matiz de extrañeza impuesto al simple hecho de su breve separación por las obligaciones anejas al curso de su vivir. Es cierto que Maggie, en esta sazón, estaba ya acostumbrada a enfrentarse con elementos extraños, pero perdía instantáneamente incluso aquella paz que había conseguido formarse con dificultades cuando quedaba dominada por la sensación de que su impenetrable padre quizá estuviera a solas con ellos. Maggie consideraba que su padre estaba a solas con ellos cuando pensaba que estaba a solas con Charlotte, y era así, por raro que parezca, incluso aunque Maggie se fijaba en la capacidad que la esposa de su padre tenía para mantener, e incluso mejorar, unas apariencias de suma felicidad. Charlotte lo había conseguido, aunque ante dificultades inconmensurablemente menores, durante los meses de su nupcial ausencia de Inglaterra, período que precedió a la maravillosa reunión de las dos parejas, en beneficio del mayor ejercicio de todas las virtudes de cada cual, lo que ahora daba frutos tan dignos de atención, al menos para la hijastra de la señora Verver. Era el presente y breve paréntesis, en una situación o posiblemente en una relación tan alterada, y el nuevo planteamiento de su problema lo que pondría a prueba el arte de Charlotte. La Princesa podía consolarse reiteradamente al recordar que la relación «real» entre su padre y su esposa era algo de lo que no sabía nada en absoluto y que, en sentido estricto, no se trataba de un asunto de su incumbencia; pero, a pesar de ello, no conseguía conservar su tranquilidad —como ella decía—, ante la proyectada imagen del aparentemente feliz aislamiento de aquella pareja. No había nada que hubiera podido participar menos en la naturaleza de paz y tranquilidad, como cierto extraño deseo que de vez en cuando se alzaba repentinamente ante ella; un deseo que usurpaba perversamente el lugar de otro mucho más natural. ¡Ojalá Charlotte, en su actuación, hubiera sido peor! Ésta era la idea que Maggie invocaba, en lugar de que Charlotte fuera mejor, lo cual resultaba más deseable. Y así era, aun cuando fuera extremadamente raro experimentar deseos de ese jaez, porque Maggie creía que quizá no se preocuparía tanto si no tuviera la certeza de que su madrastra, bajo las copas de los hermosos árboles y entre los tan queridos jardines antiguos, prodigaba cincuenta clases de confianza y por lo menos veinte de amabilidad. La amabilidad y la confianza formaban parte del correcto trato que una mujer encantadora debe dar a su esposo, pero el sutil tejido de seguridad, tramado por las manos de aquella señora y arrojado por ella sobre su marido a modo de leve y envolvente velo, formaba precisamente una transparencia a través de la cual Maggie sentía constantemente la mirada de su padre fija en ella. La mirada de su padre le llegaba todavía más derecha desde lejos, y esta mirada le revelaba a su padre en un estado todavía más consciente, a lo lejos, solo, con la sospechada y percibida elaboración del proceso encaminado a no alarmarle, a no dañarle. Durante semanas y semanas, y sin pestañear, Maggie había medido la extensión de tan piadoso esfuerzo; pero el éxito completo conseguido por ella en lo tocante a no revelar ni un solo indicio —sí, Maggie se reconocía este mérito— sería un logro inútil si la señora Verver cometía ante su marido los mismos errores que había cometido ante la hija de su marido; tantos errores y empleados de modo tan excesivamente brusco y tan excesivamente incoherente, que no podían corregir otro conjunto de errores. De todas maneras, si la actuación de la pobre mujer hubiera sido peor, ¿quién hubiera podido afirmar con certeza que su marido hubiese estado mejor?


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