La Copa Dorada
La Copa Dorada Una se movía a tientas y en silencio por entre estos interrogantes; la Princesa ni siquiera sabía con certeza si su Americo, ahora solo con ella en la ciudad, había adoptado el medio áureo de la galantería sin precauciones que según los cálculos del propio Príncipe acabaría por desalojar las críticas íntimas de la última rama en que hubieran podido posarse. Respecto a lo anterior, la verdad era que Maggie padecía terrores de diferentes clases; momentos había en que estimaba que aquellos días no eran más que una prolongada repetición del viaje nocturno, efectuado semanas atrás, desde la otra casa a la propia. Durante ese viaje el Príncipe había intentado someterla a su encanto mediante su soberano poderío personal, para que se derrumbara de tal manera que la llevara a repudiar el comportamiento consecuente. Debemos decir que Maggie jamás estaba a solas con el Príncipe sin verse obligada a preguntarse, tarde o temprano, si su consecuencia no había desaparecido ya; pero, al mismo tiempo, siempre y cuando Maggie ni siquiera insinuara una acusación, conservaba un resto de apariencias que la defendían de un ataque. Un ataque, lo que se dice un verdadero ataque, efectuado por el Príncipe tal como lo llevaría a efecto, era lo que Maggie más temía; sobre todo, porque no estaba segura, si se daba el caso, de que no se precipitaría en una sima de debilidad que revelara al Príncipe un camino más corto para dominarla, camino que podría volver a seguir. En consecuencia, como sea que Maggie no había dado al Príncipe todavía, ni siquiera por un instante, el pretexto de fingir que había perdido la fe o que su felicidad había quedado menoscabada, le concedió, en buena lógica, una inmensa ventaja en lo referente a las esperas y a las tensiones de todo género. Por el momento, Maggie deseaba que el Príncipe no tuviera que «compensarla» de nada. ¿Quién podía decir a lo que una «compensación» podía conducir?, ¿en qué ceguera de consentimiento, de ficción o de destrucción podía sumirla? Maggie todavía amaba al Príncipe de tan irremediable manera que no osaba abrir la puerta, ni entornarla siquiera, a la posibilidad de que la tratara como si cualquiera de los dos hubiera dado un trato indebido al otro. Algo o alguien —¿y quién de ellos?, ¿quién entre todos ellos?— tendría que ser inevitablemente sacrificado al impulso del momentáneo soplo del egoísmo. Sin embargo, lo que Maggie necesitaba era saber adónde iba. Este conocimiento constituía, al mismo tiempo una fascinación y un temor; precisamente, parte de la rareza de la encrucijada en que se hallaba radicaba en el temor que Maggie tenía de que el Príncipe le hiciera una confesión de carácter meramente general que se mezclaba con la absoluta necesidad que tenía de perdonarle, de darle seguridades, de corresponder a sus deseos en unos aspectos de los que tenía cabal medida. Para hacer esto era preciso saber con toda claridad con qué fin lo hacía, pero actuar conociendo los fines que perseguía representaba llegar al horror de saber lo que realmente habían sido los otros actos. El Príncipe bien podía decirle tan sólo lo que él quisiera, sólo aquello que la impresionara por el atractivo del Príncipe y por el resultado de la directa atracción de cualquier gracia esgrimida por él sería la inevitable sumisión de Maggie a sus condiciones. En consecuencia, toda su temporal seguridad, todo su éxito día a día, radicaba en conseguir que el Príncipe no se diera cuenta de lo anterior; que no lo adivinara siquiera, dependiendo de los medios que Maggie pusiera a contribución para evitarlo; los medios que pusiera a contribución literalmente hora tras hora durante aquellos días de no tan interrumpido trato. De un momento a otro, Maggie temía que su esposo diera muestras de haber decidido dar un salto en el vacío. «Sí, realmente ha ocurrido lo que piensas: me he apartado del recto camino, me consideré libre, me he entregado a otra medida, con más amplia generosidad, porque pensé que eras diferente, diferente a lo que ahora veo que eres. Pero todo se ha debido únicamente a no saber; y, por otra parte, debes reconocer que no me has dado razones suficientes; razones suficientes, quiero decir, para evitar mi error; un error, lo confieso, por el que gustosamente hago penitencia, y error que tú puedes ayudarme de manera maravillosa a superar.»