La Copa Dorada

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Esto era lo que, mientras se examinaba a sí misma, creía que el Príncipe podía llegar a decir; mientras llegaba a su término otro día, otra secuencia, en otro momento, hallándose los dos juntos, sin que el Príncipe lo dijera, Maggie se sentía absorbida por él incluso hasta un punto situado más allá de la entrega total. Maggie conservaba la serenidad por una razón, por una causa, y el esfuerzo de conseguir esta distanciada situación juntamente con el esfuerzo de quitarle importancia los encerraba a los dos dentro del aro de acero de una intimidad comparada con la cual la pasión ingenua no era más que el soplo de una leve brisa. El mayor peligro para Maggie, o por lo menos su más importante motivo de preocupación, radicaba en el obsesivo pensamiento según el cual, si su esposo llegaba realmente a sospechar, el resultado de la atención que prestara a ella no podría dejar de ser un aumento de la importancia que se le atribuía. Al tomar la medida del obligado alcance de su propia hipocresía con el Príncipe, como antes la había tomado con su padre, Maggie se daba cuenta de que su hipocresía tenía que llegar incluso al intento de demostrar que, a pesar de todo, ella no era importante. Un solo toque del Príncipe —si llegara, ¡qué claramente Maggie lo vería llegar!—, el simple roce de su mano, el roce de sus labios, el roce de su aliento, inspirado por el descubrimiento de lo que a Maggie interesaba y no por la piedad suscitada por su virtual melancolía, bastaría para que quedara atada de pies y manos a disposición del Príncipe. En consecuencia, para ser libre, para ser libre y actuar de una manera que no fuera abyecta en beneficio de su padre, debía ocultar al Príncipe la eficacia, como la de un minúsculo insecto empujando un grano de arena, que por sí misma había conseguido tener. Maggie podía disimular tal eficacia gracias a las apariencias de su comportamiento, pero no podía disimular indefinidamente; en realidad, uno de los extraordinarios resultados de aquella semana que pasaron en constante compañía erizada de nuevos síntomas, fue el que Maggie invocara en su mente a sus habituales compañeros, y calculara cuál sería la clase de alivio que comportaría reunirse con ellos. Casi minuto a minuto, estaba aprendiendo a ser maestra en los detalles; cuando se daba la suficiente intimidad, conseguía notables efectos aunque es preciso tener en cuenta que actuaba ante un adversario que era maestro en matices, el cual descubriría la naturaleza de la lucha que libraban si Maggie no tomaba las debidas precauciones. En realidad, apercibir al Príncipe, o la posibilidad de advertir que él se apercibía a sí mismo, en calidad de adversario, en un asunto de tal sutileza —dicho en pocas palabras, verle en el acto de rechazar una calificación que le colocase en situación de oposición— significaba que Maggie quedara reducida a ahogar visiblemente su grito de alarma. Si el Príncipe intuía que los dos estaban librando a su oculta manera una importante lucha y que era Maggie quien constantemente y en su supuesta estupidez daba importancia a la lucha y mantenía su importancia; si realmente ocurría esto antes de abandonar Londres, Maggie perdería rotundamente la batalla.


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