La Copa Dorada

La Copa Dorada

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La pobre Fanny comprendió inmediatamente, como luego manifestaría al coronel, que su tan tímida crisis se había producido ya, que su momento insoportable estaba allí ante ella como por efectos de haber accionado un resorte. Su momento insoportable era aquel en que saldría a relucir que de tiempo atrás sabía muchas más cosas de las que había dicho; y en su aprensión había imaginado, e incluso había procurado prepararse al efecto, que reconocería la proximidad de su hecatombe por medio de una sensación muy parecida a la que se tiene cuando una ventana se abre de par en par de golpe durante una noche de máximo viento y mínima temperatura. De nada le serviría haber estado tanto tiempo agazapada junto al fuego del hogar. Los vidrios quedarían todos rotos y el aire helado llenaría la estancia. Si bien el aire en la habitación de Maggie todavía no había llegado a la temperatura polar que Fanny temía cuando subió, también es cierto que allí dominaba una atmósfera que las dos juntas jamás habían respirado. Fanny advirtió que la Princesa ya estaba totalmente vestida; este asunto ya había sido despachado, y daba mayor importancia al hecho de que la Princesa aguardara la llegada de la señora Assingham, en cumplimiento de su ruego, e indicaba que el terreno estaba despejado, valga la expresión, permitiendo entrar en acción inmediatamente. La doncella ya había dejado a la Princesa; ésta, en la amplia y clara estancia en donde todo era admirable, sin nada fuera de lugar, presentaba por primera vez en su vida un aspecto de excesiva vistosidad en su atavío. ¿Se debía a que se había puesto demasiadas cosas?, ¿a que iba recargada de joyas, pues principalmente llevaba más de las habituales y más grandes en la cabeza? La señora Assingham contestó a esta pregunta atribuyendo esta apariencia en gran parte a la intensa mancha roja, roja como un rubí monstruoso, que ardía en cada una de las mejillas de la Princesa. Estos dos aspectos en el semblante de Maggie enseguida iluminaron a la señora Assingham, quien concluyó que no cabía imaginar nada más patético que aquel refugio y disfraz que la agitación de Maggie había solicitado instintivamente a las artes indumentarias, multiplicadas hasta la prodigalidad, casi hasta la incoherencia. Evidentemente, había actuado en cumplimiento de una idea, la de no traicionarse mediante el descuidado desaliño en que jamás había incurrido; ahora estaba allí rodeada de unos muebles y en un ambiente que, como siempre, daba testimonio de sus perfectos y detallados procesos personales. Siempre le había sido propio el que en todas las ocasiones la encontraran preparada, sin cabos sueltos, sin detalles reveladores, sin elementos superfluos no eliminados, lo que sugería a la mente un ambiente barrido y pulido, espléndido en términos generales, aun cuando, precisamente por ello, más o menos atestado y adornado, que reflejaba su pequeña pasión por el orden y la simetría, por tener los objetos con su dorso arrimado a la pared, y que indicaba la probable afinidad de Maggie, por su sangre norteamericana, con abuelas de Nueva Inglaterra entregadas siempre a quitar el polvo y a sacar brillo.


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