La Copa Dorada

La Copa Dorada

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Maggie pronunció estas palabras sin énfasis, pero de una manera que permitió a su amiga calibrar de nuevo la capacidad de atracción de Maggie. Había llegado a un acuerdo definitivo: todo lo que Fanny supiera quedaría amparado por su fe. Y Fanny supo, al término de cinco minutos, en qué consistía lo extraordinario últimamente ocurrido y la manera en que todo había sucedido a resultas de aquella hora pasada en el Museo bajo los auspicios del señor Crichton. Llevado por su característica amabilidad, el señor Crichton había mostrado deseos, después de la maravillosa exhibición, después de haber ofrecido la ocasión de almorzar en las habitaciones adyacentes, de acompañar a Maggie para dejarla en casa; insistió al reparar, al acompañarla hasta el pie de la escalinata, en que Maggie había despedido su coche, cosa que hizo con el concreto fin de gozar de la inocente diversión de recorrer el trayecto sola. De antemano había sabido Maggie que, a consecuencia de aquella hora en el Museo, se encontraría en un exaltado estado de ánimo, bajo cuya influencia un paseo a pie por las calles de Londres sería exactamente lo que mejor le sentaría, un paseo sin rumbo, con total independencia, impresionada, excitada, satisfecha, sin nada en qué pensar, sin nadie con quien hablar, con tantos escaparates como quisiera para mirar, afición humilde que cabía suponer era propia de su carácter, y que en los últimos tiempos, por muchas razones, no había podido satisfacer. Maggie se había despedido, no sin antes expresar su agradecimiento. Conocía bien su camino, y albergaba la tímida esperanza de no seguirlo con excesiva rectitud. Vagar sin rumbo era lo que realmente le gustaría. En consecuencia, evitando Oxford Street, y cultivando la sensación de hallarse en lugares desconocidos, había terminado consiguiendo aquello que vagamente su fantasía le había propuesto, y que era encontrar tres o cuatro tiendas: la de un librero de viejo, la de un vendedor de grabados antiguos y un par de comercios con oscuras antigüedades en el escaparate, que se diferenciaban de las restantes tiendas como, por ejemplo, de las de Sloane Street, huero despliegue que había dejado de atraer a Maggie. Además, en su mente había quedado una alusión efectuada por Charlotte pocos meses atrás, semilla sembrada en su imaginación bajo la forma de casual conversación referente a la existencia, en Bloomsbury, de «divertidas y fascinantes tiendecillas», en las que incluso cabía efectuar imprevistos hallazgos. Esta ocasión de romántica oportunidad quizá fuera el más fuerte, el más vivo síntoma, de la impresión que en Maggie causaba siempre —impresión que retenía y alimentaba durante largo tiempo—, cualquier observación de Charlotte por muy a la ligera que la hiciera. En aquellos instantes, sin saber por qué, se sintió mucho más tranquila de lo que en cualquier otro momento había estado en el curso de los meses precedentes. Ignoraba la razón, pero su visita al Museo, de una forma extraña, le había causado este efecto. Parecía que le hubiese producido muchas, nobles y hermosas ideas percibidas no sólo con referencia a su hijo, sino también con referencia a su propio padre, sin ver luego cómo se transformaban en vanidad y dudas, o quizá incluso en algo todavía peor.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker