La Copa Dorada

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Para que todo saliera a pedir de boca, Maggie se acordó del cumpleaños de su padre, y con este motivo buscó algo que ofrecerle. Conservaría el regalo en Fawns, como había hecho en anteriores ocasiones, ya que él celebraba su aniversario el día veintiuno del mes, por lo que quizá no tuviera otra oportunidad de comprarle algo. Desde luego, era preciso tener en cuenta la imposibilidad de encontrar una cosa que fuera medianamente «buena» y que su padre no hubiera visto ya, tiempo atrás, en sus búsquedas, por no hablar de algo que fuera casi «bueno». Sin embargo, esto era ya sabido y hubiera sido imposible gozar del placer de regalarle algo si no hubiera sido por su amable doctrina según la cual todo regalo personal, toda ofrenda amistosa era, forzosamente y por implacable ley natural, una aberración; y cuanto más aberrante fuera el objeto más revelaba, y por más revelarlo más se apreciaba, el afecto con que era ofrecido. La deficiencia del arte revelaba la sinceridad del amor, la vulgaridad del linaje simbolizaba el refinamiento de la simpatía; en realidad, los más feos objetos eran, por lo general, los más gallardos y tiernos recuerdos; éstos se guardaban en vitrinas separadas, dignas sin duda alguna del hogar, aunque no dignas del templo, vitrinas dedicadas no a los dioses de claro rostro, sino a los de contorsionado gesto. Como es natural, en el curso de los últimos años Maggie había contribuido en gran medida a llenar estos receptáculos con objetos que la representaban; a Maggie todavía le gustaba aplastar la nariz contra los gruesos y cerrados vidrios, y encontrar siempre en su debido lugar todos aquellos regalos que en los sucesivos aniversarios de su padre se esforzó en creer que éste fingiría, al ver el objeto, quedar sorprendido o por lo menos experimentar curiosidad. Ahora estaba dispuesta a volver a intentarlo. Los dos, con el placer que la ficción de Maggie producía a su padre, y con el placer que la de éste producía en ella, con el divertido espectáculo del sacrificio de los buenos modales domésticos, jugaban felizmente a este juego. Con este fin, y mientras regresaba a pie a su casa, Maggie curioseó en todas partes, con desilusión entre los viejos libros y los viejos grabados, entre los que nada encontró que sirviera a sus propósitos; pero se dio una extraña ingenuidad en otra tiendecilla, la de un menudo anticuario extranjero, raro hombrecillo que le había mostrado buen número de objetos; por fin, algo que la sorprendió por su rareza, y que, al considerar que, en comparación con anteriores y aventuradas compras, cumpliría extraordinariamente su función, Maggie compró, compró, por cierto, ya que todo hay que decirlo, a no menguado precio.


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