La Copa Dorada

La Copa Dorada

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Desde el momento en que su amiga entró, Maggie había hablado con notable sentido, incluso con una leve vacilación en la voz que ponía de relieve su calma; pero contenía el aliento a breves intervalos, como si quisiera hablar con deliberación y demostrar que no jadeaba, todo lo cual hizo comprender a Fanny la profundidad de la conmoción que sentía. Entretanto, la referencia que hizo en sus pensamientos acerca de su padre sobre la oportunidad de encontrar algo que le regocijara, sobre la fortaleza de que éste daba muestra en el duro trance de recibir regalos, todo ello tuvo, y debemos decirlo, mucha menos insistencia y amplitud en los labios de quien hablaba que intensidad en la reacción de quien escuchaba, plena de comprensión del recuerdo y simpatía de antiguas y divertidas observaciones, en quien escuchaba. La cariñosa fantasía de ésta completó el cuadro. De todas maneras, Maggie se había alzado en armas, sabía lo que hacía y ya había trazado su plan de acción, un plan encaminado a que no se notara cambio alguno todavía, de acuerdo con el cual asistiría a aquella cena, pero no con los ojos enrojecidos ni con el rostro convulso, no con aspecto desaliñado y sin detalle alguno que pudiera suscitar curiosidad. Sin embargo, a fin de dar apoyo a sus esfuerzos para no derrumbarse, deseaba, necesitaba saber algo. Con el siniestro zig-zag del rayo, sin el acompañamiento de truenos ante su vista, la señora Assingham supo que estaba obligada, fuera cual fuese el riesgo y a toda costa, a suministrar a Maggie un conocimiento muy necesario. Los instintos de nuestra amiga unánimemente le decían que debía abstenerse, y hasta saber qué terreno pisaba, no daría ni un paso para acercarse a Maggie mientras no pudiera darlo inteligentemente, y a pesar de que resultara embarazoso tener que estar allí en suspenso, pálida y desorientada, diciendo simplezas y vaguedades, no dejaba de constituir una fuerte ayuda el hecho de que la señora Assingham todavía no podía imaginar siquiera adónde conduciría tan temible principio. Sin embargo, la señora Assingham, al cabo de unos segundos de reflexión, se agarró a la referencia que Maggie había hecho sobre la pérdida de la seguridad en sí misma:


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