La Copa Dorada

La Copa Dorada

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—¿Quiere decir que el lunes, cuando cenó en nuestra casa, estaba tranquila?

Maggie repuso:

—Fui muy feliz aquella noche.

—Sí, a nuestro parecer, estuvo alegre y brillante.

A pesar de que estas palabras le parecieron un tanto flojas, Fanny Assingham prosiguió:

—Nos alegró mucho verla feliz.

Durante unos instantes, Maggie se limitó a mirar a la señora Assingham; por fin, preguntó:

—¿Me porté bien?

—Claro que sí, querida, se portó bien.

—Pues me atrevería a decir que fue un comportamiento natural, a pesar de que en mi vida he estado más equivocada, ya que entretanto esto se estaba cociendo.

La señora Assingham advirtió que ahora la vista de la Princesa se había fijado en un objeto que estaba sobre la repisa del hogar; un objeto, entre tantos objetos preciosos, en el que la visitante de la Princesa no había reparado, ya que los Verver estuvieran donde estuviesen, siempre gozaban adornando con incomparables piezas las repisas de sus hogares. La señora Assingham dijo:

—¿Se refiere a esa copa dorada?

—Me refiero a esa copa dorada.


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