La Copa Dorada

La Copa Dorada

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Aquel objeto que Fanny advirtió ahora que contemplaba por vez primera era un amplio cuenco de oro llamativamente amarillo y, al parecer, viejo, sobre un corto vástago que terminaba formando un amplio pie; cuenco que ocupaba el centro de la repisa de la cual, para que destacara, se habían quitado los restantes objetos, echándose principalmente en falta el reloj Luis XVI que acompañaba a los candelabros. Ahora este trofeo emitía un tictac sobre el mármol de una cómoda que armonizaba perfectamente con él, tanto por su estilo como por su esplendor. La señora Assingham estimó que el cuenco era un objeto precioso, pero no se trataba, evidentemente, de su valor intrínseco, por lo que la señora Assingham se abstuvo de abordar este tema, y se limitó a contemplar la copa desde lejos. Dijo:

—Pero ¿qué tiene que ver…?

—Lo tiene que ver todo. Ahora lo verá.

Después de decir estas palabras, Maggie volvió a mirarla en silencio con los ojos extrañamente dilatados. Luego, dijo:

—La conocía antes. La conocía incluso antes de que yo le conociera a él.

Mientras Fanny buscaba en vano los eslabones que echaba en falta en aquella concatenación, sólo pudo repetir igual que el eco.

—¿«Él» conocía…?


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