La Copa Dorada
La Copa Dorada —Efectivamente, cuanto a ella le convenía que supiera. De todas maneras, lo importante es que, fuera lo que fuese lo que supiera, con ello siempre demostró su buena fe.
Maggie siguió mirándola en silencio y ella ecuánimemente esperó la próxima reacción de la Princesa.
—Lo importante, en este caso, ¿no será que la buena fe de mi padre seguramente consistió en tener fe en que Charlotte mostraría en mi bienestar casi tanto interés como él mismo?
—Su padre reconoció y aceptó la larga amistad entre ustedes dos. Pero no basó en ella egoísmo alguno.
Después de una consideración todavía más profunda, Maggie aclaró:
—Efectivamente, excluyó el egoísmo de Charlotte casi en la misma medida que excluyó el suyo.
—Opino igual.
—Muy bien, si mi padre carecía de egoísmo, posiblemente invitó a Charlotte, o esperó de ella que tuviera tan poco egoísmo como él. Y ella bien pudo haberse dado cuenta desde entonces.
Con expresión de no haber comprendido nada, la señora Assingham preguntó:
—¿«Desde entonces»?
—Y él quizás haya comprendido que ella se ha dado cuenta.