La Copa Dorada
La Copa Dorada Durante unos instantes pareció que Maggie anduviera un tanto perdida, como a tientas, entre sus pensamientos; pero se apresuró a adherirse a la manifestación de la señora Assingham:
—Extraordinaria.
Fanny Assingham dijo:
—Magnífica.
Maggie también se aferró a esto:
—Magnífica.
—Hará cuanto sea preciso hacer. La tarea que asumió en beneficio de usted la proseguirá hasta el final. No la emprendió con la intención de interrumpirla. ¿En qué ocasión ha fracasado su padre siendo, como es, sereno, paciente y exquisito? En toda su vida, jamás aceptó el fracaso, y no lo hará en esta ocasión.
—¡Ah, en esta ocasión…!
Maggie se había expresado con voz llorosa reveladora de que, repentinamente, volvía a recordar lo ocurrido. Añadió:
—En realidad, entre una cosa y otra, ni siquiera sé si mi padre está al tanto de lo que ocurre, pero tampoco sé si realmente no lo está.
—Si no lo sabe, tanto mejor, y más vale no decírselo.
—¿Quiere decir que debemos prescindir de él?
Fanny Assingham precisó: