La Copa Dorada
La Copa Dorada —De ella. Dejar que sea él quien se encargue de ella.
Maggie le dirigió una tenebrosa mirada, y dijo:
—¿Quiere usted decir que debemos dejarle en manos de su esposa, después de lo ocurrido?
—Después de todo. ¿Acaso no están ahora íntimamente unidos?
—¿«Íntimamente»? ¿Cómo voy a saberlo?
Pero Fanny siguió en la brecha:
—¿Acaso usted y su marido no lo están, a pesar de todo?
Los ojos de Maggie se dilataron todavía más, aunque pareciera imposible:
—¡Esto habría que verlo!
—Si no lo están, ¿qué se ha hecho de su fe?
—¿En mi marido?
La señora Assingham dudó, aunque sólo por un instante, y dijo:
—En su padre, que viene a ser lo mismo. Todo se basa en esto.
—¿En su ignorancia?
Fanny también paró este golpe:
—En cuanto pueda ofrecerle. Acéptelo.
Maggie la miró pasmada:
—¿Que lo acepte?
La señora Assingham alzó la cabeza:
—Y muéstrese agradecida.