La Copa Dorada

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Después de decir estas palabras, guardó silencio, dejando que la Princesa le mirase. Luego le dijo:

—¿Es que no lo ve?

Por fin Maggie repuso:

—Sí lo veo.

—Pues asunto terminado.

Pero Maggie dio media vuelta sobre sí misma y se acercó a la ventana como si quisiera ocultar algo que expresaba su cara. Quedó allí con la vista en la calle, mientras la señora Assingham volvía a centrar su atención en el objeto que tantas complicaciones había causado; allí estaba en la repisa de la chimenea, y ante él experimentaba contradictorios sentimientos, extrañamente intensos, cosa rara incluso teniendo en cuenta su manera de ser, su renovada curiosidad y su renovada protesta. Se acercó al objeto, lo examinó una vez más, y cedió a la tentación de tocarlo con las manos. Las puso en él, lo levantó y quedó sorprendida de lo que pesaba. Rara vez había tenido en las manos un objeto de oro tan sólido. La impresión que le causó la indujo a expresarse con más franqueza, diciéndole a Maggie:

—La verdad es que no creo en este objeto.

Maggie dio media vuelta, la miró y dijo:

—¿Que no cree en él? Creerá cuando le cuente la verdad.

—No me cuente nada. No quiero saberlo.


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