La Copa Dorada

La Copa Dorada

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Esta voz, como surgida al impulso de un resorte, se oyó como si fuera el primer efecto de las palabras pronunciadas por Fanny. Se estrelló contra la absorción de las dos mujeres, con una sequedad casi igual a la del cristal al chocar y romperse, ya que el Príncipe había abierto la puerta sin que ellas se dieran cuenta. Además, al parecer, el Príncipe había tenido tiempo de ver el final del acto de Fanny Assingham. La mirada del Príncipe, a través del ancho espacio que le permitía una visión sin obstáculos, se había fijado en los relucientes pedazos desparramados a los pies de la señora. Él había dirigido la pregunta a su esposa, pero inmediatamente después de formularla trasladó su mirada a los ojos de la visitante, cuya mirada penetrante, a su vez, sostuvo la del Príncipe de una manera que ninguno de los dos había sido capaz de hacer, desde aquella hora que el Príncipe pasó en la casa de Cadogan Place, poco antes de su matrimonio, en la tarde de la reaparición de Charlotte. De nuevo algo volvía a ser posible para aquellos dos comunicantes en la intensidad de la presión ejercida recíprocamente, algo que reanudaba la pasada historia, y que bien podía ser una redención de las promesas intercambiadas en aquel entonces. El rápido intercambio de reprimida petición y encubierta respuesta duró lo bastante como para producir más de un resultado, duró lo bastante como para que la señora Assingham tomara debida medida de la hazaña de rápido autodescubrimiento; en consecuencia, posiblemente de reconocimiento todavía más inmediato, acompañando la visión de Americo así como su valoración de la prueba a la que la señora Assingham había dado —tai admirablemente, como pensó mientras miraba al Príncipe— aquel inspirado tratamiento. Miraba y miraba al Príncipe, y eran muchas las cosas que quería decir allí mismo. Pero Maggie también miraba y, además, miraba a los dos, por lo que para la mayor de las dos mujeres aquellas cosas quedaron con notable rapidez reducidas a una. Fanny Assingham no contestó a la pregunta del Príncipe demasiado tarde, ya que aún estaba flotando en el aire. La señora Assingham, disponiéndose a irse, dejando la copa dorada rota en pedazos en el suelo, se limitó a remitir al Príncipe a su esposa. Los vería después. Pronto volverían a reunirse y, entre tanto, en lo referente al significado de las palabras de Maggie —dijo la señora Assingham, al girar sobre sí misma, junto a la puerta—, la propia Maggie, sin duda alguna, estaba ahora preparada para revelárselo al Príncipe.


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