La Copa Dorada

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Capítulo XXXVI

Aquella noche estaban solos, solos formando un grupo de seis; cuatro de los cuales, después de la cena, y de conformidad a una propuesta irresistible, se sentaron a jugar al bridge en la sala de fumar. Juntos habían pasado a esta estancia al levantarse de la mesa. Charlotte y la señora Assingham eran igualmente indulgentes en lo referente al trabajo; en realidad, practicaban una emulación de arte de fumar que, al decir de Fanny, y en cuanto hacía referencia a ella, hubiera llegado hasta la pipa si el coronel no hubiera dictado un decreto prohibitivo basado en el temor de que su esposa le robara sus cigarros. Con inevitable rapidez las cartas de la señora Assingham dominaron la situación; el juego se había organizado, como en frecuentes ocasiones anteriores, teniendo el señor Verver como compañera a la señora Assingham, en tanto que el Príncipe jugaba con la señora Verver. El coronel, que había pedido a Maggie permiso para aliviar su mente de la preocupación de escribir un par de cartas que debían salir en el primer correo de la mañana siguiente, se dedicaba a la tarea en un rincón de la estancia; la Princesa se había alegrado de que comenzaran aquellos momentos de relativa paz —los jugadores de bridge eran serios y silenciosos—, como la fatigada actriz que no tiene que estar en escena, mientras sus compañeros actúan, y aprovecha esta ocasión para echar una cabezada entre bambalinas en un sofá de otro decorado. La siesta de Maggie, si hubiera sido capaz de cerrar los ojos, antes hubiese sido del espíritu que de los sentidos. Sin embargo, tan pronto como quedó aposentada, junto a una lámpara, con el último número de una revista francesa de color salmón, ni siquiera pudo gozar del descanso de tan leve independencia.


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