La Copa Dorada

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Capítulo XXXVII

Tres días después el padre de Maggie le preguntó a ésta, durante unos momentos de calma, qué impresión le habían causado, en ocasión de su reaparición y de su quizá más intensa fruición, Dotty, Kitty y la otrora temible señora Rance; la consecuencia de esta pregunta fue, para la pareja, otro paseo juntos, alejándose del resto del grupo; fue un paseo por el parque similar al que los dos dieran en ocasión de la anterior visita de esta amigas, a la sazón más inquietantes que ahora: fue la ocasión de la larga charla, en un banco, bajo la copa de uno de los grandes árboles. En ella se planteó aquel tema, en aquel momento de indefinibles consecuencias, que, en los momentos de ocio compartido, Maggie tenía la costumbre de calificar de «primer inicio» de la presente situación. De esta manera la rueda del tiempo les había ofrecido la oportunidad, al hallarse los dos solos mientras se reunían para tomar el té en la terraza, de obedecer al mismo raro impulso de «soltarse», como el propio Adam Verver dijo en familiar expresión, mientras allá se dirigían. Este impulso había producido sus frutos, a su manera, desde antiguo desde que produjo sus frutos en la lejana tarde otoñal dando filo a aquella crisis tan superada ya desde entonces. Bien hubiera podido parecer gracioso a los dos que ahora la presencia de la señora Rance y de las Lutche —que en aquel entonces presentaban síntomas no tan notorios— hubiera significado otrora una crisis para las ansiedades y la prudencia del padre y de la hija; hubiera podido ser gracioso que estas señoras hubieran representado en la imaginación de padre e hija un símbolo de peligros tan vívidos que precipitaran la necesidad de un remedio. Padre e hija estaban plenamente dispuestos ahora a sacar semejante diversión de sus presentes impresiones; ambos habían hallado durante los pasados meses, a juicio de Maggie, un recurso y un alivio al hablar, con cierta aproximación a la intensidad, cuando se reunían con toda aquella gente en la que en realidad no pensaban; la gente que casi había comenzado a atestar su vivir y que, en la actualidad, los dos se ocuparon de los espectros del pasado, como se permitían calificar a las tres damas, imitando el goce del desarrollo del tema mejor de lo que habían conseguido imitar durante la estancia en la casa, por ejemplo, de los Castledean. Éstos constituían una broma nueva, relativamente nueva, y ellos dos, siempre a juicio de Maggie, habían tenido que aprender de qué iba; en tanto que las personas de Detroit, y de Providence, precisamente por proceder de Providence y por proceder de Detroit, eran una broma antigua y de amplio alcance, de la que se podía sacar el máximo partido, y en la que se podía hacer humorística insistencia.


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