La Copa Dorada
La Copa Dorada —Creo en ti más que en cualquier otro ser.
—¿Más que en todos aquellos en quienes crees?
Maggie vaciló al pensar en lo que esto significaba, pero cien mil veces vio que no cabÃa la menor duda.
—Más que en todos, en absoluto.
Ahora nada habÃa recatado, habÃa hablado con la mirada en los ojos de su padre, en total entrega. Maggie añadió:
—Y pienso que tú crees en mà de la misma manera.
En silencio, el señor Verver la miró durante un minuto más, pero cuando habló lo hizo en el tono adecuado:
—SÃ, aproximadamente.
—¿De acuerdo?
Maggie habÃa hablado con el tono de dar fin a la conversación, con el tono de estar de acuerdo en otros asuntos, de estarlo en todo. Jamás volverÃan a hablar de aquel tema.
—¡De acuerdo!
El señor Verver sacó las manos de los bolsillos, y en el momento en que Maggie las cogió, la atrajo hacia su pecho, y contra él la retuvo. La retuvo firmemente y largo tiempo, y Maggie se relajó con abandono, pero fue un abrazo augusto y casi severo que, a pesar de su intimidad, no producÃa revulsión y no acabó con la inconsecuencia de las lágrimas.