La Copa Dorada

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Capítulo XXXVIII

Después de lo dicho, Maggie se dio cuenta de que tanto ella como su padre habían contado con la ayuda de la influencia de haber sido vista, por casualidad, pocas noches antes, abrazando a la esposa de su padre. El regreso de éste al salón coincidió por azar con dicha demostración de afecto, que tampoco se perdieron su marido y los Assingham, quienes, interrumpiendo la partida de bridge, habían abandonado la sala de billar juntamente con el primero. En aquella ocasión, Maggie tuvo clara conciencia de lo que la impresión causada en los otros podía, a la larga, coadyuvar en beneficio de su causa, más aún si tenemos en cuenta que, como sea que ninguno parecía tener deseos de ser el primero en comentar el hecho, éste había adquirido, con carácter perceptible, el especial matiz de la consagración conferida por la unanimidad del silencio. Maggie bien hubiera podido considerar que el efecto fue un tanto embarazoso, por la prontitud con que se separó de Charlotte, como si hubieran sido descubiertas en un trance absurdo, al darse cuenta de que tenían espectadores. Por otra parte, los espectadores —según parecía— no podían suponer, habida cuenta de las actuales relaciones, que las dos fueran propensas a recíprocas demostraciones de afecto; sin embargo, ante la duda entre la simpatía y la hilaridad, forzosamente tuvieron que estimar que la única manera de evitar que todo comentario hablado o reído resultara vulgar podía consistir en que fuera inteligente. Evidentemente contemplaron a las dos jóvenes esposas como si se tratara de un par de mujeres en el acto de hacer «las paces» efusivamente, tal como se supone hacen las mujeres, principalmente cuando se trata de reconocidas insensatas, después de haber andado a la greña; pero, al mismo tiempo, percatarse del acto de la reconciliación comportaba, por parte de su padre, por parte de Americo, por parte de Fanny Assingham, una aceptada visión de los motivos de la diferencia. El incidente significó algo, significó demasiado para cada uno de los testigos, a pesar de lo cual nadie hubiera podido decir algo sin causar la impresión de decir esencialmente esto: «¡Mirad, mirad a esas dulces criaturas! ¡Las disenciones han terminado!». «¿Las disensiones? ¿Qué disensiones?», hubieran contestado las dulces criaturas inevitablemente, con lo cual el ingenio de los otros hubiera quedado obligado a efectuar ejercicios de acrobacia. Nadie había llegado a la altura de ser capaz de inventar, de improviso, una razón ficticia de distanciamiento entre las dos esposas, es decir, de inventar una razón que ocupara el lugar de la verdadera, la cual se respiraba en el ambiente desde hacía largo tiempo, como habían percibido las más afinadas sensibilidades, por lo que todos, a fin de evitar situaciones comprometidas, fingieron, inmediatamente después, que no habían visto cosa que cualquier otro hubiera podido ver.


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