La Copa Dorada

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La Princesa sacudió impacientemente la cabeza, como si se negara a aceptar una vez más aquel cumplido, lo que motivó que Fanny Assingham añadiera:

—Y si no lo es, sólo puede deberse a la seguridad que tiene usted. La seguridad en él.

A lo que Maggie contestó, sin mirar a Fanny:

—Lo que ocurre exactamente es que no estoy segura de él. Si estuviera segura, no dudaría.

Fanny la acosó:

—¿Segura de qué?

Y se dispuso a esperar. Maggie repuso:

—Pues de que se dé cuenta que siente mucho menos de lo que ella paga, y que esto debiera ser la causa de que la tuviera presente mucho más.

Al cabo de unos instantes, Fanny pudo hacer frente a estas palabras con una sonrisa y dijo:

—¡Puede tener la seguridad, querida, de que la tiene presente! Pero también puede tener la seguridad de que él seguirá estando ausente. Déjele que se porte a su manera.

A lo que Maggie contestó:

—Dejo que haga lo que quiera, pero ya sabe usted cómo soy: pienso. No sin cierta rudeza, Fanny se arriesgó a decir:

—Pensar demasiado es muy propio de su manera de ser.


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