La Copa Dorada
La Copa Dorada Todo esto pasó por la mente de la Princesa, en rápidas vibraciones, mientras se hallaba en compañía de la señora Assingham. Mientras la revolución de su pensamiento no había terminado todavía, Maggie expresó la idea de lo que Americo, tal como estaban las cosas, debía ser capaz; a continuación sintió la mirada de respuesta de su amiga. Pero Maggie insistió en su idea:
—Debiera desear verla; quiero decir verla como de tapadillo, y en circunstancias de aislamiento, como solía verla, en el caso de que ella pueda arreglárselas para ello.
Con la valentía que su propia convicción le daba, Maggie añadió:
—Debiera estar plenamente dispuesto, estar contento de poderlo hacer, sentirse obligado a aceptar cuanto ella haga, ya que es muy poco, teniendo en cuenta cuál es el final de esta historia. Parece que ahora desee él quedar liberado sin dar nada.
Deferente, la señora Assingham preguntó:
—Pero ¿con qué fin estima usted que deben reunirse en tan íntimas circunstancias?
—Con el fin que ellos quieran. Esto es asunto suyo.
Fanny Assingham soltó una seca carcajada; luego volvió, sin poderlo evitar, a su constante actitud:
—Es usted espléndida, absolutamente espléndida.