La Copa Dorada

La Copa Dorada

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Este imaginario servicio a la mujer que ya no podía defenderse por sí misma era una de las trampas dispuestas contra el espíritu de Maggie en todas las vueltas y revueltas de su camino. El ruido de esta trampa al dispararse, atrapando y reteniendo firmemente la divina facultad, era inevitablemente seguido en un aleteo, de una lucha de alas, e incluso, podemos decir, por el desprendimiento de unas cuantas delicadas plumas. Y así era, pues estas ansias del pensamiento y estos avances de la comprensión muy pronto sentían un golpe que no bastaba para producir su derrumbamiento; sentían el alto que les daba aquella figura tan notablemente delineada que durante las semanas anteriores estuvo en Fawns constantemente cruzando, en las vueltas incesantes que daba, el último término de cuantas perspectivas cabía contemplar. Si Charlotte, con lógicos quehaceres en Eaton Square, había escondido otras oportunidades bajo semejante pretexto, y, caso de hacerlo, hasta qué punto lo había hecho, era tema para la clase de serena ponderación que parecía exclusiva del hombrecillo que seguía avanzando por su sinuoso camino. Era cosa que formaba parte de la misma perseverancia que el sombrero de paja, su blanco chaleco, el vicio de llevar las manos en los bolsillos, y la frialdad de la atención con que contemplaba sus propios pasos lentos, a través de las gafas firmemente asentadas en el puente de la nariz. Lo que ahora no faltaba nunca como elemento esencial del cuadro era el brillo del lazo de seda con que llevaba atada a su esposa; el inmaterial cordón que Maggie percibió tan claramente durante el último mes pasado en el campo. Ciertamente, el esbelto cuello de la señora Verver no se había liberado del lazo; tampoco el otro extremo del largo cordón —largo en la debida medida, desde luego— se había soltado del pulgar en flexión, oprimido por los restantes dedos, que el marido de la señora Verver mantenía oculto. Percatarse de la función de este cordón, a pesar de lo tenue que era, comportaba ineludiblemente preguntarse gracias a qué mágico arte había sido atado, a qué tensión había sido sometido; pero jamás cabía dudar de la eficacia de su función ni de su capacidad de perdurar. Estos recuerdos eran, para la Princesa, renovados pasmos. Eran muchas las cosas que su padre conocía y que ella todavía ignoraba.


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